LA SOBERBIA CHILENA

Adolfo Cáceres Romero

Soberbia, tozudez, para el caso es lo mismo. Lo cierto es que habrá un día en el que Bolivia estará en condiciones de recuperar su costa marina, íntegramente. Hasta ahora los reclamos se han hecho por medios pacíficos, sin ningún resultado; inclusive se ha acudido a la Corte Internacional de Justicia de la Haya, sólo en procura de una salida soberana al mar. De los 400 kilómetros de costa arrebatada, bastaría un puerto, cuando más. Una migaja, comparando la inmensa riqueza del territorio arrebatado. Bolivia sólo precisa de un puerto para sellar un verdadero pacto de amistad, con todas las ventajas que ese hecho conlleva.

            Bien sabe Chile en qué condiciones se apoderó del Litoral boliviano. El 79 sabía que Bolivia estaba indefensa, sin un barco de guerra, soportando la peor sequía que castigó su suelo, con hambruna y, lo peor, víctima de una incontrolable epidemia de peste. A diario los carretones  municipales recogían cadáveres de las calles de sus principales ciudades. Para corroborar esta situación basta revisar los periódicos de la época, como lo hizo Roberto Querejazu Calvo en su “Guano salitre y sangre”. El gobierno boliviano quiso paliar su magra economía con un impuesto de 10 centavos por quintal del salitre exportado por los chilenos. ¿Qué pasó? ¿Acaso no tenía derecho a hacerlo? Era parte de su patrimonio territorial. Lo cierto es que los explotadores chilenos se negaron a pagarlo; entonces,  la rescisión de sus contratos fue el pretexto con el que Chile ocupó militarmente el litoral boliviano, para no moverse más. Empezó por Antofagasta ese fatídico 14 de febrero de 1879. Cabe aclarar que Chile se había preparado desde 1873 para consumar su atentado, comprando barcos de guerra de Inglaterra y armamento moderno de Alemania.

            Consecuentemente, después de la derrota del Alto de la Alianza, el mar y suelo bolivianos  fueron negociados en el Tratado de 1904, en beneficio de esa nación y de los grandes empresarios de la minería chileno-boliviana de entonces; tratado al que ahora se aferra el gobierno de la Moneda como única vía para legitimar su despojo. Tratado que prácticamente puede ser considerado nulo de derecho, por haber sido impuesto y no consensuado. Tratado mañoso y forzado, por cuanto Bolivia tuvo que firmarlo al hallarse con un dogal en el cuello; tratado siniestramente manejado por una oligarquía minero feudal corrupta, desde el comienzo de la guerra del 79. Cuesta creerlo,  el mar fue negociado por la bicoca de un tramo de ferrocarril -- que apenas subsiste en el territorio boliviano— y 300.000 libras esterlinas. Nada salió bien, como se puede apreciar con los resultados del contrato ferroviario aprobado por Ley del 27 de noviembre de 1906, suscrito entre el gobierno de Bolivia y los señores Speyer & Cº y el Nacional City Bank de Nueva York. Curiosamente el escándalo Speyer fue echado al olvido, tal como se hizo con los empresarios bolivianos que cambiaron el curso de la historia, complotando contra el Presidente Daza, en favor de Chile.

            Desde luego que era de esperar la impugnación chilena a la Corte Internacional de Justicia; ya lo había hecho en otras instancias, por cuanto su gobierno difícilmente podría justificar la anexión de las costas bolivianas. Recordemos que, como consecuencia del pillaje y los saqueos perpetrados por las fuerzas chilenas en los departamentos de Moquegua, Cusco, Arequipa y Puno, el gobierno de los Estados Unidos ofreció su mediación. Los beligerantes la aceptaron y la reunión se efectuó en la fragata americana “Lackatawa”, surta en la bahía de Arica. El 22 de octubre de 1880 se reunieron los delegados chilenos, bolivianos y peruanos. Por Bolivia asistieron Mariano Baptista, Juan Crisóstomo Carrlillo y Félix Avelino Aramayo. El Cnl. Francisco Vergara, ministro de Guerra y Marina, era el jefe de la delegación chilena, quien desde el comienzo planteó las condiciones de su país, tratando de imponerlas por considerar que representaba a las fuerzas victoriosas de esa contienda. Mientras leía su minuta, tanto los delegados de los países aliados como los mediadores norteamericanos, escuchaban en silencio, atónitos. Los chilenos se mostraban víctimas de una agresión. Como primer punto Vergara planteó la “cesión a Chile de los territorios de Perú y Bolivia que se extienden al Sur de la quebrada de Camarones y al Oeste de la línea que en la cordillera de los Andes separa al Perú y Bolivia, hasta la quebrada de Chacarilla”. El segundo punto exigía: “Pago a Chile por el Perú y Bolivia solidariamente de la suma de 20 millones de pesos, de los cuales 4 millones serán cubiertos al contado”; tercero: “devolución de las propiedades de que han sido despojadas las empresas y ciudadanos chilenos en el Perú y Bolivia”. Y así se fue consumando el despojo; lo peor es que Chile no solo se sentía país agredido, sino perjudicado, por cuanto su delegado justificaba sus exigencias bajo el siguiente concepto: “Chile acepó la guerra como dolorosa necesidad; ha perdido a sus mejores hijos y gastado sin tasa sus tesoros. Para dar a la paz consistencia y garantías de duración, el gobierno de Chile considera como condición esencial el avanzar la línea de sus fronteras, compensando así el sacrificio de su juventud y asegurando la paz en el porvenir”; para concluir con: “Esta exigencia es indeclinable, por ser justa”. Claro, justa para su cometido expansionista. Consecuentemente, no aceptaron ninguna réplica de los delegados peruanos ni bolivianos; hasta que el delegado peruano García y García, glosando lo expuesto por Baptista, propuso que todo el conjunto de problemas fuera sometido al fallo del Presidente de los Estados Unidos. Casi fuera de sí, el delegado chileno Vergara exclamó: “Chile no puede entregar a otras manos, por muy honorables que fueran, la decisión de sus destinos. Rechaza el arbitraje propuesto”. Ahí concluyó todo. A pesar de los años transcurridos, vemos que Chile aún mantiene la misma postura; entonces, ¿qué podemos esperar  de su actual gobierno? Lo cierto es que Bolivia jamás renunciará su anhelo por volver a las costas del Pacífico. Por cuanto se trata de una causa nacional, indeclinable. Y eso lo entendió bien Gonzalo Vial, historiador chileno, que en “Mundo Diners” (agosto de 1987), lanza la siguiente advertencia a sus conciudadanos: “No incurramos en la simpleza, la ilusión, se suponer que Bolivia a la larga se olvidará del litoral perdido, se convencerá de no necesitarlo. Al margen de lo que Chile (y Perú, por cierto) quieran o no quieran, hagan o no lo hagan, el país del altiplano continuará clamando por el mar. No es un capricho suyo, es una cuestión de identidad patria, inolvidable, insoslayable, inmodificable”. Gustavo Fernández, Ex  canciller de Bolivia, considera la causa marítima como: “Una declaración de principios que no se alterará, cualquiera sea el resultado de la demanda de la Haya”.

   Abraham Konig,  embajador chileno en La Paz, al finalizar el siglo XIX, cuando Chile tenía el Litoral en su poder y ejercía un férreo control aduanero para obligar a Bolivia a firmar el Tratado de 1904, el 13 de agosto de 1900, en una nota enviada al gobierno boliviano, se atrevió a decir: “¿Bolivia tiene derecho a exigir un puerto en compensación a su litoral? No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral y se ha apoderado de él con el mismo título que Alemania anexó al Imperio la Alsacia y Lorena; con el mismo título que los Estados Unidos han tomado Puerto Rico. Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones”, “(…) que el litoral es rico y vale muchos millones, eso ya lo sabíamos. Lo guardamos porque vale, que si no valiera no habría interés en su conservación”.

            Santiago Vaca guzmán condenó tal anexión en su libro “El Derecho de Conquista” (1881), publicado en Buenos Aires y que nunca fue reeditado en Bolivia. Sabiamente en esa obra advierte la fragilidad del equilibrio entre las naciones latinoamericanas. Como consecuencia de su polémica con Rufino de Elizalde, redactor de “El Nacional”, periódico bonaerense, ese redactor llegó a la siguiente conclusión: “La paz consagrando la conquista y las bárbaras y crueles imposiciones, será principio de una nueva época y ¡ay! de la América si puede decirle a Chile: Caín, ¿qué hiciste de tu hermano? Entonces, la paz del Continente va a reposar en la fuerza. Vamos a vivir armándonos y en eterna asechanza. Una violencia arrastra a otra y Chile tiene que pensar lo que enseña la historia.”  Desde luego que sí, por cuanto la historia nos enseña cómo cayeron los grandes y poderosos imperios de Roma y Bizancio, incluyendo a los germanos que se habían anexado Alsacia y Lorena.  Eso sí, no habrá nunca más un campo de batalla como el  del Alto de la Alianza. En el futuro, cualquier ejército, por muy poderoso que sea, podrá ser aniquilado en su propio reducto, el momento menos esperado.