No puede ser casualidad que a un día de haber recibido la contundente advertencia desde La Haya para que Chile busque caminos de diálogo y encuentro con el pueblo boliviano, un grupo de poetas chilenos bombardee con poesía una ciudad europea. No puede ser casualidad que frente a la soberbia nacional de creer que lo que con fuego y sangre se determinó en 1879, durante la Guerra del Pacífico, no pueda ser cambiado por el entendimiento y la colaboración entre los pueblos.

Nuestra natural condición isleña, rodeados de cordillera, desierto, mar y hielos eternos, nos ha determinado un carácter diferente del de nuestros vecinos acostumbrados al contacto cultural, amplio y diverso. Un aislamiento que ha llegado a consolidarse con la triste frase de que somos los ingleses de Latinoamérica, cuando las similitudes con los británicos son muy escasas, excepto quizás en la voracidad de las grandes fortunas nacionales en su intento por abarcar los mercados latinoamericanos como lo han hecho ellos como una potencia económica y colonialista.

El mestizaje que alcanza a más de un 90 por ciento de nuestra población, a simple vista para los ojos de cualquier extranjero, es casi una novedad en Chile, incluso para quienes exhiben evidentes rasgos indígenas. La negación de lo que somos y dónde vivimos, si es que recordamos la triste frase del “mal barrio donde nos tocó nacer”, de quien aspiró a la presidencia de la República alguna vez, nos impiden entender la contundente y ejemplificadora sentencia del Tribunal de la Haya.

Ignorando a nuestros vecinos de manera grosera, en los ámbitos del conocimiento profundo de sus culturas, cuando parte importante de esos orígenes los compartimos. Desidia que se vuelve en agresión cuando nuestra enseñanza ni siquiera considera la lectura o conocimiento de los principales referentes culturales de esos países hermanos, ¿qué autor boliviano es parte de la lectura sugerida u obligatoria en nuestro país? Nuestro desconocimiento es tan grande que llamamos a Bolivia país altiplánico ignorando su zona selvática y amazónica…

Por eso, insisto, no es casualidad, que el colectivo Casagrande bombardee la ciudad de Milán con poesía y el espíritu de artistas que saben trabajar de manera colaborativa y amplia con un sentido de memoria. Porque este acto poético que inauguraron en el año 2001 sobre el Palacio de La Moneda haciendo volar millares de marcalibros con poemas impresos ha sido visto, por algunos, como un espectáculo artístico y emocionante, olvidando la profundidad del gesto político.

“No se trata de lanzar papeles bonitos, si no de oponer la palabra escrita a un hecho traumático de la vida de una comunidad…la belleza visual de un bombardeo de poemas, por conmovedora que resulte, es trivial si no se tiene en cuenta este aspecto”, ha dicho Julio Carrasco, el poeta quien junto a Santiago Barcaza, José Joaquín Prieto y Cristóbal Bianchi forman el colectivo Casagrande. Así se entiende que lo hicieron por primera vez sobre La Moneda, recordando a los Hawker Hunter que vomitaron su mortífera carga sobre el palacio presidencial en 1973, lo repitieron en el año 2004 en la asolada Guernica, y luego en Varsovia, también Berlín y el año 2012, en Londres.

Todas ciudades que fueron atacadas desde el aire por fuego enemigo, extranjero o interno, como fue nuestro caso, y que a través del bombardeo poético sus cielos se limpiaron del horrible recuerdo de la guerra y el horror a través de la palabra.
Quienes seleccionaron a los poetas todos menores de 46 años, fueron los poetas chileno Diego Maquieira y el italiano Antonio Prete, cuyo trabajo se tradujo en 100 mil poemas que lloverán sobre la plaza del Duomo, en pleno Milán, en el marco de la exposición que se está desarrollando en esa ciudad.

Los poetas de Casagrande ejemplifican en su actividad, que no se vende ni se compra, como es la frase que los identifica, una postura ética y estética frente a la historia, frente a la memoria entregando la palabra en un formato vivificante y purificador.

Cuando las señales de La Haya nos dicen que la manera de entender las relaciones internacionales con nuestros vecinos por parte de los gobiernos de las últimas décadas no es la adecuada, es tiempo que la cultura empiece a sanar esas heridas que la política no ha podido recuperar. La incompetencia de nuestra clase política es evidente a la hora de entender lo que es vocación latinoamericana… es hora de bombardear Bolivia con las armas de la palabra amistosa y solidaria, poética, profundamente revolucionaria.