Mar para Bolivia

Mar. Ninguna puerta está cerrada para siempre

CARLOS D. MESA GISBERT
"El Correo del Sur" 22 de marzo 2015

Supongamos una hipótesis. Bolivia no ha demandado a Chile ante la CIJ. ¿El problema pendiente entre ambos países ha dejado de existir? No. El problema existió, existe y existirá hasta tanto Chile comprenda que no hay otro camino que el diálogo para resolver la mediterraneidad forzada de Bolivia.

¿Garantizó Chile una verdadera disposición para encontrar una solución definitiva a la cuestión? No, no lo hizo sobre un supuesto errado, que las condiciones del Tratado de Paz de 1904 y el tiempo terminarían por diluir la cuestión hasta cerrar definitivamente la herida abierta en 1879.

Bien podríamos intentar una diferencia que se mueve en una línea bastante difusa y difícil de establecer con claridad. La línea que divide tres posiciones en Santiago. La de quienes creen genuinamente que no hay nada que negociar y que la cuestión se zanjó en 1904; la de quienes por razones de interés coyuntural y de los diferentes momentos de tensión internacional que vivió Chile con sus vecinos, entendieron que un acercamiento con Bolivia era imprescindible para mantener el equilibrio geopolítico con Argentina y Perú y, finalmente, la de quienes se dieron cuenta de que el costo de una solución definitiva a la reivindicación boliviana “bien valía una misa”, y quizás más que una misa.

Si por un minuto nos despojamos de cualquier pasión nacional y miramos el problema en perspectiva, llegaremos a algunas conclusiones significativas. El territorio perdido por Bolivia, equivalente al tamaño de todo el Departamento de Potosí, mutiló su acceso al mar y su participación activa en una Cuenca fundamental, la más importante del siglo XXI, la Cuenca del Pacífico. El Tratado resolvió un tema instrumental, el libre tránsito, pero no la cuestión esencial, el acceso soberano y libre al Océano. Chile es una nación con una costa gigantesca que se acrecentó de un modo extraordinario con la toma de la totalidad del Litoral boliviano y una parte no poco significativa del Litoral peruano. Sus casi 5.000 kms. de costa continental permiten pensar a cualquier observador neutral que la cesión de una pequeña superficie de esa costa –sin relación alguna con los 120.000 kms tomados tras la invasión– no altera en lo más mínimo las características políticas, geográficas o geopolíticas de Chile, pero sí resuelve de manera definitiva una cuestión crucial para la integración de Chile y Bolivia; de Chile, Bolivia y Perú, y del conjunto de América del Sur.

Lo que Chile tiene que darle a Bolivia es infinitamente menor a todo lo que ganó en superficie geográfica, dominio del Pacífico Sur, inconmensurables riquezas materiales y un espacio de expansión demográfica, cultural y social sin la que sería imposible entenderla como nación hoy. Lo demandado es, en consecuencia, razonable, posible y desata un nudo gordiano crucial del Cono Sur Sudamericano.

¿Está todavía viva esa parte del pueblo, los intelectuales, políticos, empresarios y élites chilenas que entendió con lucidez que el esfuerzo lo vale, o ha quedado ahogada por la presión de un nacionalismo creciente atrapado en la lógica de que el costo político y de orgullo nacional a pagarse es demasiado alto?

Volvamos a la hipótesis. No hay demanda. Igual, el diálogo es un imperativo. Pero recordemos que sí hay una demanda. Bolivia le pide a la CIJ que declare que Chile debe dialogar. Chile dice que no quiere hacerlo porque no hay nada que dialogar, todo ha sido negociado…Pero, ocurre que el escenario hoy es distinto al de marzo de 2013. Bolivia ha dado un paso gigantesco, ha obligado a Chile a decirle a la comunidad mundial que no hay nada pendiente, que lo que Bolivia pide pone en riesgo los tratados internacionales en su esencia. ¿Pedir una negociación a la que Chile se comprometió por iniciativa propia no cabe hoy? ¿No cabe un camino pacífico para encontrar una solución pacífica a una cuestión cuyo costo objetivo es varias veces menor a lo que gana el propio Chile, a partir de un arreglo definitivo con uno de sus tres vecinos?

Si esta visión no estuviera en juego nada estaría en juego. Si la idea de soberanía de siglo XXI no fuese una posibilidad abierta de futuro, realmente estaríamos atascados en premisas de otro siglo. El diálogo es un mecanismo que permite abrir una amplia puerta común. Cualquier puerta puede cerrarse por un tiempo determinado, pero ninguna puerta está cerrada para siempre, menos aún cuando el paso de los años y casi de los siglos demuestra que hay convicciones que están más allá de los consuelos fútiles.

La Corte Internacional de Justicia es el camino idóneo precisamente porque debe despojar a las partes de toda pasión para promover una respuesta de esperanza a ambas naciones. Ninguna respuesta razonable parece tener sentido con el ruido seco de un portazo.