Mar para Bolivia

LA CONTRAMARCHA DE CAMARONES

Roberto Querejazu Calvo

La mal llamada "retirada" de Camarones ("retirada" en términos castrenses se efectúa de un campo de batalla) que más propiamente debe calificarse como "contramarcha" (que según el diccionario de nuestra lengua es "el retroceso que se hace en el camino que se lleva"), ha sido uno de los episodios más extraños de la historia militar del mundo entero.
El General Hilarión Daza, que desde 7 meses antes tenía a parte de su ejército en una frustrante espera en Tacna (la otra parte había sido movilizada a reforzar los efectivos peruanos con la responsabilidad de defender el departamento de Tarapacá), sacó sus tropas de esa ciudad el 8 de noviembre (1879) por tren a Arica con el propósito de seguir de allí a pie a reunirse con el General Juan Buendía que, como se ha narrado en el capítulo anterior, tenía órdenes de salir de Iquique y sus alrededores con todas sus divisiones y venir a su encuentro. Reunidos los dos contingentes, a los que si posible iba a sumarse el que el General Narciso Campero organizaba en el departamento de Potosí, el General Daza debía asumir el comando supremo y dar la batalla que expulsase de territorio peruano a los chilenos que habían desembarcado en Pisagua y efectuado una penetración hasta la estación Dolores.
De acuerdo con lo planeado por los presidentes del Perú y Bolivia, el General Daza debió sacar de Tacna sólo 1.000 combatientes. El hecho de que se presentase en Arica con 2.350 dejando en Tacna nada más que 100 reclutas de la Legión Boliviana, contrarió vivamente al mandatario peruano, que no deseaba que Arica y Tacna quedasen desguarnecidas. Los chilenos, dueños del mar, podían tomar esos puntos fácilmente si todo el ejército aliado se concentraba en el desierto de Tarapacá. Pero Daza, según lo expresó a su Secretario General, no se separaba de ninguno de sus soldados de línea. Iba con todos o se quedaba.
La salida de Arica se efectuó el 11 de noviembre. De acuerdo con los principios más elementales de la logística, la marcha debía hacerse en las noches o en los amaneceres y atardeceres, es decir, evitándose el azote del sol y el calor del día. Sin embargo, el General Daza inició su ingreso al desierto a las 9 de la mañana, no obstante su gran experiencia como conductor de tropas y los consejos de que no cometiera semejante imprudencia que le manifestaron el General Mariano Ignacio Prado y otros jefes peruanos. Como agravante de tan craso error dejó que los soldados, que durante los tres días de permanencia en Arica habían bebido vino en exceso, llevasen sus cantimploras llenas de esa bebida, en vez de agua.
Como consecuencia de la canícula y el alcohol el avance del primer día no pudo llegar hasta Chaca, lugar programado como primera etapa. Se tuvo que acampar en medio camino, "donde no existía recurso alguno". Según José Vicente Ochoa, miembro de la secretaría del General Daza, "se pasó una noche angustiosa, porque la falta de agua y víveres hizo estragos".
En la mañana del siguiente día, volvió a caminarse en las horas soleadas. Se encontró charcos de agua cenagosa. "Muchos soldados se abalanzaron a beberla succionándola a través de un pañuelo o el extremo de una toalla. Al poco rato vomitaban estrepitosamente". A las 12 se llegó al pequeño valle de Chaca en el que existían algunos recursos. Se repartió agua, carne fresca, arroz y galletas. También vino que se producía allí mismo. Comentó Ochoa: "Volvióse a cometer la falla de dejar que la tropa lo consumiera sin tasa y llenara con él sus cantimploras. No lo pudieron evitar ni jefes ni oficiales".
La caminata del 13 fue tan desorganizada como las dos anteriores. "Se sufrió otra vez por el calor y la falta de agua. “ Se produjeron numerosas bajas por efectos del cansancio, la sed y el hambre". El Coronel Narciso Tablares, encargado del Cuartel Maestre, denunció más tarde que aunque el Proveedor General por parte del Perú, señor Pedro Melgar, acumuló 200 odres de agua para la escala entre Chaca y Camarones, el General Daza los hizo devolver a Arica con excepción de once, que fue todo lo que quedó. "Como es natural, fue imposible abastecer con tan pequeña cantidad a todo el ejército. Muchos soldados murieron de sed. Esa noche logré conseguir ocho odres más, pero en nada aliviaron la situación porque los edecanes de Daza, seguramente con consentimiento de él, repartieron el contenido a sus caballos".
El 14, al medio día, se llegó a Camarones donde existía un río con abundante caudal, fruta y otros elementos de boca. Camarones se suponía la mitad del trayecto hasta el punto en el que se pensaba encontrar al General Buendía y sus divisiones.
En esa misma fecha, el General Daza telegrafió a Arica, al Presidente Mariano Ignacio Prado, un mensaje que según el Coronel Eliodoro Camacho decía más o menos: "Desierto abruma. Ejército se resiste a continuar. No hay víveres". El desierto abrumaba porque se marchaba en las horas de sol. El ejército no había hecho ninguna manifestación para no seguir avanzando. Víveres existían en cantidad suficiente.
Daza convocó a reunión de los jefes de su ejército para adoptar las medidas que exigía la situación. Los participantes en el cónclave han dado versiones dispares sobre la forma como se desarrolló. Daza, en un manifiesto que escribió años más tarde en París, aseguró que todos los jefes, sin excepción, fueron partidarios de volver a Tacna en vista del lastimoso estado de la tropa. El General Carlos Arguedas, Jefe del Estado Mayor, dijo que "el General Daza adoptó la decisión en ese sentido el mismo día de la llegada a Camarones, que él no se opuso por temor a sus acostumbradas reacciones arbitrarias; que en el Consejo de Guerra del día siguiente, no dio ninguna opinión porque antes lo hizo llamar Daza y le previno que si no estaba de acuerdo con el retorno a Tacna "era mejor que guardara silencio". El Coronel Eliodoro Camacho declaró que él nunca fue partidario del regreso, pero sí de que la tropa descansara en Camarones mientras el General Daza, a quien él se ofrecía a acompañar, más una escolta, seguía hacia el sur para dar encuentro al General Buendía, tomar el comando de sus batallones, establecer la ubicación del enemigo, llamar a los de Camarones y dar finalmente la batalla con todo el ejército aliado. Camacho afirmó también que en el Consejo de Guerra el General Daza no emitió opinión alguna, pero que, con palabras entrecortadas y movimientos de cabeza, "mostraba su decidido propósito por la retirada".
El 15, el General Daza recibió la siguiente respuesta del mandatario peruano: "Habiendo recibido su mensaje de ayer en el que manifiesta la resistencia del ejército a continuar la marcha, convoqué anoche a una Junta de Guerra que ha resuelto se ordene al General Buendía que ataque inmediatamente. Por consiguiente no sólo es peligrosa sino inútil la marcha personal de usted al sur".
Continúa la versión de Camacho: "Los más de los jefes rogamos al General Daza proseguir la marcha. Unos pocos opinaron por la retirada. El General Daza se limitó a escucharnos. No dio ningún dictamen ofreciendo únicamente, de un modo impreciso, decirle al General Prado que telegrafíe a Pozo Almonte para que se suspenda el ataque ordenado (a Buendía). A poco de retirarme del alojamiento del General Daza escuché dianas en el campamento ejecutadas por las bandas de música. Cuando pregunté el motivo se me avisó que se había dado la orden de la contramarcha".
La orden se cumplió. El 16, después de 48 horas de descanso en Camarones, jefes, oficiales y soldados emprendieron el camino de vuelta a Tacna. Lo hicieron en mejores condiciones físicas que en sentido contrario, más moralmente desalentados, confundidos, sin poder comprender las razones que determinaron que su Capitán General, que días antes les manifestó que iban en pos de gloria, los hacía retroceder arrastrando una gran vergüenza. Cuando pasaron por el puerto de Arica fueron insultados por la población peruana. En la ciudad de Tacna, asimismo, encontraron que las demostraciones de aprecio y admiración con las que se los despidió la semana anterior, eran ahora gestos y palabras de hostilidad y desprecio.
El General Daza no estuvo con sus subordinados para compartir esas duras pruebas. Permaneció en Camarones con el Coronel Camacho, el Auditor de Guerra, señor Belisario Salinas, 100 jóvenes de la Legión Boliviana y una escolta de coraceros. Con todos ellos continuó hacia el sur. ¿Con qué intenciones? No podía ser a tomar la jefatura de las fuerzas de Buendía, pues a esta altura de las circunstancias tenían que estar cumpliendo la orden del General Prado de buscar el encuentro con los chilenos. Lo que aparentemente buscaba Daza, con gran astucia y cálculo, era diferenciarse de los jefes que llevaron las unidades de vuelta a Tacna y hacer creer que él, estuvo en desacuerdo con la contramarcha.
En el lugar denominado Tana se encontró con el coronel peruano Claure y un reportero de un diario de Lima que le dieron la noticia de que el día anterior, 19 de noviembre, las divisiones de Buendía sufrieron un gran desastre en el cerro Franciscano. Daza y sus acompañantes volvieron a Camarones. Permanecieron allí dos días más. El 23 estuvieron de vuelta en Tacna.
¿A qué se puede atribuir todas las extrañas actitudes del General Hilarión Daza en esos días? ¿Por qué trató de anular físicamente a su tropa haciéndola caminar, deliberadamente, a las horas de sol, con las caramañolas llenas de vino en vez de agua, haciendo devolver la mayor parte del agua acumulada en la etapa entre Chaca y Camarones, informando falsamente al Presidente Prado de que no quería seguir adelante y dando la orden de la contramarcha como si cediese a un "pedido unánime" de sus inmediatos colaboradores?
Uno no quisiera ser injusto con él. Sin embargo, razones con fuerza inclinan el criterio del investigador a la creencia de que acabó sucumbiendo a las constantes tentaciones que desde el comienzo de la guerra le venía haciendo llegar el Gobierno de Chile para que abandonase su alianza con el Perú, tentaciones que en último término, se expresaron en una oferta de dinero. En mayo de 1879, el Cónsul de Bolivia en Valparaíso escribió al señor Domingo Santa María, el más influyente miembro del gobierno chileno y el más activo en buscar la forma de separar a los aliados, sobre la posibilidad de "entenderse con el General Daza y conseguir que por dinero y algunas concesiones volviese la espalda a los peruanos". El mes siguiente, el señor Santa María recibió una carta de Arica, firmada con el seudónimo de Eustaquio Sierra, que expresaba que tenía un medio seguro de reducir al General Daza a los deseos del Gobierno de Chile con tal que se le dé medio millón de pesos. En diciembre de 1880, cuando el Coronel Eliodoro Camacho estaba prisionero en Chile, el señor Santa María le dijo que él arregló con el General Daza el retiro del ejército boliviano de la alianza "dándole las garantías necesarias respecto a la firma comercial de donde podía recoger los fondos con que Chile remuneraba su conducta".
La traición de Daza a la alianza no llegó a consumarse por la acción de los jefes bolivianos, que a las pocas semanas de la contramarcha de Camarones y cuando hacía preparativos secretos para volver a Bolivia con los cuerpos de línea lo despojaron de sus responsabilidades de Capitán General del Ejército y de Presidente de la República.