Mar para Bolivia

ASESINATO DE LOS COLORADOS DE BOLIVIA

Ing. Jorge Edgar Zambrana Jiménez

El 26 de Mayo de 1880 marca para Bolivia un hecho triste a la vez que glorioso. En esa épica jornada fueron sacrificadas por la patria las grandes figuras de los Colorados de Bolivia, merecedores de la gratitud nacional.... ¡Salve a ellos! Consumado el doloroso cautiverio de nuestro Litoral, nos queda por ahora la experiencia de ese suceso tan luctuoso para aleccionarnos.

El 12 de enero de 1875 el Ministro de Guerra de Bolivia y comandante en ese entonces del legendario batallón Colorados, don Hilarión Daza, llegó en misión de estado al puerto de Mejillones; allí estaba el buque de guerra chileno “Abtao” cuyo capitán lo invitó a subir a bordo y tuvo la desfachatez de informarle que estaba haciendo un reconocimiento científico de la costa y puertos bolivianos, por orden del Gobierno chileno

El Ministro no dijo ni hizo algo al respecto, y su negligencia no le permitió darse cuenta que el tal “reconocimiento científico” era el preparativo para una planificada próxima invasión para hacerse dueños del guano, salitre, plata y cobre bolivianos, en una agresión de conquista.

Cuatro años después se presentaron en Antofagasta navíos de guerra de Chile, irrumpiendo en nuestro suelo el 14 de febrero de 1879 con un ejército pertrechado con financiamiento de Inglaterra, portando los mejores fusiles, ametralladoras y cañones de la época. Esos buques blindados eran los más perfectos de su clase, salidos de los astilleros ingleses para la marina chilena. Ante la indefensión y el abandono gubernamental de nuestras costas, se produjo el ataque de agresión y usurpación del Departamento del Litoral. Bolivia no tenía ni un solo buque y se hallaba sin armas y sin recursos de guerra, y en aquel trance de honda y amarga crisis, armada sólo de dignidad y altivez y sin tener montado ningún material militar y desposeída de los equipos y bastimentos indispensables para una campaña militar, fue al encuentro de su pérfido y criminal agresor.

El acto atentatorio a la soberanía e independencia de Bolivia, se agravó más escandalosamente con la ocupación filibustera de los puertos de Mejillones, Cobija y Tocopilla. La invasión se hizo extensiva a Calama, donde 135 valerosos civiles bolivianos desprovistos defendieron solitos hasta el último trance la integridad de nuestro litoral, contra 1400 soldados chilenos bien pertrechados.

Así, se le arrebató a Bolivia toda su costa incluyendo sus vitales puertos. El general Daza no tomó ninguna precaución durante el transcurso de los años 1875-78, no obstante que ya sabía de las intenciones agresivas de los chilenos. Esa es la razón por la que el Gobierno no socorrió a Calama.

El 1° de abril de 1879 Chile declaró la guerra al Perú, ya que lo que le interesaba también era destruir al país incaico reduciendo a polvo sus puertos, su infraestructura ferrocarrilera y arrebatarle sus valiosos depósitos de guano y salitre. Fue en realidad una guerra inglesa contra Bolivia y Perú, con Chile como el instrumento. El poder militar peruano era débil, escaso y mal preparado.

 Desde mayo hasta octubre de 1879, un solo buque peruano, el Huáscar, se batió contra toda la escuadra chilena; y mientras tanto Chile, que ya había ocupado todo el litoral boliviano desde el paralelo 24° hasta la desembocadura del río Loa, no pudo desembarcar ni un solo soldado en territorio peruano. Pero luego de ser destruido el Huáscar combatiendo contra blindados incomparablemente superiores, el Perú perdió su fuerza naval y el camino de la invasión terrestre a Tarapacá quedó abierto.

El 2 de noviembre es tomado el puerto de Pisagua luego de ocho horas de combate, donde 217 peruanos al mando del teniente coronel Issac Recavarren y 964 bolivianos al mando del general Pedro Villamil, todos mal alimentados, mal vestidos, y provistos de armamento obsoleto, se enfrentaron a 13.000 chilenos bien pertrechados que desembarcaron en 44 lanchas procedentes de 20 buques de su escuadra, uno de los cuales, el Pelican, enarbolaba el pabellón inglés. El ataque era apoyado con el cañoneo ejercido por un blindado y cuatro corbetas, además del nutridísimo fuego de ametralladoras procedente de los demás barcos y lanchas, más el apoyo de granadas y cohetes modelo Congreve de última tecnología de esa época, lo cual ocasionó también el incendio de toda la población. Muy pocos en el mundo podrían sobrepasar el heroísmo que demostraron los defensores aliados en lucha tan desigual. En esta acción, las puertas del Perú fueron arrancadas de sus goznes y arrojadas sobre la arena. Entonces, los invasores pudieron ingresar y abalanzarse sobre la provincia de Tarapacá, donde iba a tener lugar la batalla decisiva en la meseta de Intiorco a siete leguas de la población de Tacna, en la que 4.800 peruanos y 4.200 bolivianos se enfrentaron a 22.000 enemigos que los rebasaban grandemente en cuanto a la potencia de su armamento.

Durante la noche anterior al combate, los soldados de la Alianza salieron de sus posiciones emprendiendo larga y penosa caminata, atravesando a tientas ríspidos arenales, y trataron de sorprender desprevenidos a los contrarios que dormían en su acantonamiento de Quebrada Honda, pero equivocaron el camino debido a la niebla, y antes de que ocurriera un desastre mayor se tuvo que ordenar la contramarcha.

 A las siete de la mañana del día siguiente, se produjo la batalla; los aliados estaban con el estómago vacío, cansados y sin haber dormido. La artillería chilena tenía 60 unidades de la última generación de cañones alemanes Krupp de calibre 9, además de 1.700 jinetes de una caballería bien equipada, apoyados por las más modernas ametralladoras modelos Gattling y Hotchkins. Los aliados sólo contaban con 21 piezas de diminutos cañones ya obsoletos de calibre 6. La infantería chilena estaba armada con fusiles modernísimos modelos Comblain, Beaumont y Grass, en contraste con los anticuados Remington, Chassepot y Emans de los contrarios, careciendo éstos de caballería.

Los Colorados de Bolivia se alistaron para entrar en acción en el Campo de la Alianza. El desigual combate duró ocho y media horas consecutivas y al batallón peruano “Victoria” le vino tanto pavor en sus filas que luego de entrar en desorden a la batalla, se dió a la fuga.

 

Los “Colorados” ingresaron al hervidero de balas, donde el jefe del famoso batallón, Coronel Ildefonso Murguía, lanzó el terrible reto: “¡Rotos del espantajo, amárrense los calzones que aquí entran los Colorados de Bolivia!” y los 542 gigantes arrancaron al trote disciplinadamente y avanzaron desplegados en guerrillas, sin perder su formación ni la uniformidad de sus movimientos. Cayeron por diez partes distintas sobre el enemigo, vomitando fuego en oleadas destructoras e incontenibles haciendo retroceder a las tropas invasoras y deshaciendo a los batallones chilenos Buin, Valparaíso, Chillán, Esmeralda, Santiago y Navales, demostrando de lo que es capaz un pueblo indómito ante la afrenta de un invasor tenáz que amenaza su soberanía.

Aquellos Colorados eran los combatientes de una pesadilla; caían heridos pero para ponerse de pie enseguida y sus chaquetas rojas cruzaban como relámpagos ante los ojos despavoridos de los soldados chilenos que quedaban cegados. El tremendo batallón, aunque estaba siendo diezmado por la superioridad numérica de los contrarios, avanzaba siempre, arrollando y aniquilando, luchando uno contra diez. El choque era terrible y la carnicería espantosa en un combate cuerpo a cuerpo con ferocidad inenarrable.

Ante la arremetida tremenda y la furia desencadenada de los bolivianos, el comando chileno dio la orden a toda su caballería de cargar contra ellos para atropellarlos a toda velocidad y luego envolverlos con el propósito de hacerlos pedazos, utilizando carabinas Winchester, lanzas y sables curvos. Los Colorados inmediatamente procedieron a la formación en cuadros, exactamente la misma con la que Wellington derrotó a Napoleón en Waterloo. Cuando la caballada estaba a 15 metros, fue recibida por descargas mortíferas, una tras otra, que introdujeron un espantoso desorden en las bien organizadas filas del regimiento enemigo; los caballos se encabritaron y muchos jinetes rodaron muertos; otros lograron llegar hasta los cuadros y sus lanzazos fueron rechazados a bayonetazo limpio; los demás dieron media vuelta cabalgando a la desbandada y escaparon, impotentes para romper los cuadros de esos hombres heroicos. Cuatro veces seguidas se sucedieron las cargas de los jinetes enemigos y todas fueron rechazadas. Desarticulada la caballería y deshechas la primera y segunda divisiones de infantería mapochinas, debido al empuje boliviano, la suerte de Chile estaba entonces pendiente de un hilo y casi se les escapó de las manos su victoria final; sólo los libró el hecho de que los aliados no tuvieron reservas de infantería y artillería.

Los invasores procedieron entonces a barrer atronadoramente el terreno que ocupaba el valiente, aguerrido y temido batallón Colorados, sembrando la muerte con su moderna y poderosa artillería manejada admirablemente por escogidos artilleros ingleses y alemanes. El heroismo y arrojo de los bolivianos fue en vano ya que se hizo materialmente imposible alcanzar un resultado feliz. 

Los chilenos tenían abrumadoras reservas de miles de soldados de infantería que fueron puestas en acción seguidamente para encerrar a los aliados en un semicírculo de fuego y acabar con los últimos que quedaban, quienes se vieron obligados a batirse en retirada ya que no había refuerzos, puesto que un contingente de 13.000 hombres peruanos, que se hallaban en reserva en Lima y Arequipa para ser enviados a Tacna, a último momento habían recibido la orden del oligarca dictador Piérola de no moverse de sus cuarteles, decisión promovida por la quinta columna chilena. 

Terminada la batalla, los rotos procedieron al “repase”, es decir al asesinato de los aliados heridos que habían quedado tendidos. Luego, la matanza prosiguió en la indefensa Tacna, a la que las hordas invasoras convirtieron en un lago de sangre, no sin antes dedicarse a saquear las casas y abusar bárbaramente de las mujeres.

Es así como el arrogante e implacable invasor ha privado impunemente a Bolivia de su Litoral y la ha reducido a la condición de colonia tributaria sometida a dominio perpetuo y tutelaje portuario, ante la mirada indiferente y cómplice de los demás Estados americanos. De los Colorados solo quedaron 75 sobrevivientes, y en la retirada hacia la cordillera murieron 46 que estaban heridos de gravedad.

Once días después, en fecha 7 de junio, cayó en poder del enemigo la ciudad de Arica. La agresión chilena fue terrible; los rotos utilizaron ampliamente la nueva arma prodigiosa: la ametralladora. La muerte y la destrucción fueron ejercidas sin piedad, aniquilando a las fuerzas defensoras y poblaciones civiles, dejando zonas arrasadas, saqueadas e incendiadas a su paso. El Perú tuvo que sufrir la ocupación de Lima durante tres años, donde en forma deliberada y afrentosa se buscó, con odio, humillar y dejar postrada a esa nación con acciones de holocausto, devastación, saqueo, violación, escarnio, destrucción y muerte sin que se respetara nada ni a nadie, en medio de una orgía de sangre y alcohol de la soldadesca chilena dirigida por sus oficiales. Los restos de las tropas bolivianas quedaron imposibilitadas, deshechas e inútiles para continuar la defensa del territorio del aliado peruano.

Después del desastre del Alto de la Alianza, el Gral. Narciso Campero, con los restos de las divisiones bolivianas, se dirigió a Bolivia por el camino directo de Tacna a La Paz. “Inmensos sacrificio y rudos trabajos me ha costado -dijo el general- el reunir y conducir con orden esos restos, exponiéndome a riesgos aun mayores que los del campo de batalla, considerando la larga travesía que ha habido que practicar con un ejército derrotado, y desmoralizado por la misma derrota. Pero esos sacrificios son insignificantes, si se considera que he logrado salvar cerca de mil hombres, es decir una cuarta parte del ejército, y dos piezas de artillería; reduciendo así nuestra derrota a las condiciones de una honrosa retirada...”.El mismo 26 de mayo el Gral. Campero, acompañado de algunos pocos oficiales avanzó hasta la ranchería de Palca, donde pernoctó. El hombre que pocas horas antes había mandado más de nueve mil hombres, se encontraba en una cocina, con pocos amigos, y “expuesto a mayores riesgos que los del campo de batalla”.
Al día siguiente continuó la marcha, y el 4 de junio llegó a Corocoro. Aquí recibió el día 5 a la comisión que la Convención Nacional le había enviado para hacerle saber su “nombramiento” de Presidente de la República, y expresarle el voto de confianza y gratitud que había expedido a favor del ejército nacional, por su “heroico” comportamiento en la batalla del Alto de la Alianza.
Formaban la comisión de la Convención Nacional los diputados Emilio Fernández Costas, Fernando Eloy Guachalla, Melchor Chavarría, y Pastor Sainz.
Ante numerosa concurrencia, y ante los jefes, oficiales y soldados que acompañaban al Gral. Campero, los convencionales pronunciaron patrióticos discursos, intentando alentar a los derrotados y manifestar que el pueblo, por medio de sus representantes, daba las gracias a los que dignamente habían cumplido con su deber.
Los defensores de Bolivia, cuyo valor no había podido evitar el desastre que habían sufrido, fatigados por la campaña de un año y la pelea más tenaz y obstinada que se haya visto, traían, sin duda, tan enlutado su corazón, como abatido su espíritu, cuando la palabra de aliento de la representación nacional fue a retemplar su patriotismo y a reanimar su fé en los destinos de la Patria.
Entre ahogados sollozos del más vivo sentimiento, entre elocuentes lágrimas que decían gratitud, unión y venganza, se escucharon los discursos de los convencionales, así como la contestación del Gral. Campero. Concluida esta emotiva escena, los miembros de la comisión legislativa volvieron a La Paz, y el Gral. Campero continuó su marcha hacia Viacha, a donde llegó un 13 de junio de 1880.
El mismo día, el Gral. Campero recibió en Viacha la visita del vicepresidente Arce, del doctor Cabrera y de otros personajes que habían salido de La Paz a darle la bienvenida.
Al día siguiente, el general entró en La Paz, habiendo quedado los restos del ejército en Viacha, para descansar y reorganizarse.


General
Narciso Campero

Una vez de regreso en el país después de la derrota, el nuevo oligarca presidente Narciso Campero decretó la confiscación de sus tierras a los restantes campesinos que todavía se habían librado de ese atentado durante el gobierno de Mariano Melgarejo. Esta usurpación interna que agravaba la externa, acrecentó la crisis que ya estaba inaguantable por recrudecer el déficit alimentario, las epidemias y las protestas sociales. El nuevo Gobierno feudal procedió a disolver los restos de los cerca de 1000 sobrevivientes defensores del Litoral, para librarse de tener frente a él una fuerza armada de artesanos y campesinos desmoralizados por la derrota y por el hambre. El 8 de agosto de 1881, despóticamente y con el pretexto de que los soldados estaban sembrando alborotos en Sucre, reclamando irrespetuosa e insubordinadamente sus salarios impagos de varios meses, Campero ordenó el fusilamiento público de 12 de los 29 sobrevivientes del heroico batallón Colorados, y a puertas cerradas fueron abatidos otros 16, genocidio en masa que proyecta sombras siniestras sobre dicho mandatario, quien, además, es sospechoso de haber sido integrante de la quinta columna chilena. 

Así, fueron tratados como vulgares criminales los héroes defensores de la patria. En un rasgo de salvajismo, se dispuso que los cadáveres quedaran a la expectación pública, sin atención ninguna, hasta que 24 horas después fueron recogidos por una caritativa dama que los trasladó al cementerio, desafiando la orden presidencial. Los venerables restos no tuvieron, por parte de ninguna autoridad, ni siquiera una guirnalda. Recién, 39 años después, fueron trasladados al panteón de la ciudad de Potosí, acto en el cual se acercó un hombre al borde de la tumba para depositar una lágrima; era el último sobreviviente del Batallón Colorados, a quien una feliz casualidad libró de ser victimado en Sucre; se llamaba Sargento Nemesio Miranda. Así terminó el único homenaje a aquellos héroes épicos, cuyo asesinato ha llenado de vergüenza a toda la República.