Mar para Bolivia

Razones por las cuales Chile debe devolver por lo menos un puerto soberano a Bolivia

 

Cástulo Martínez
Historiador chileno

Bolivia nació con un litoral soberano, que hoy es la porción más valiosa que usurpan los chilenos, por las riquezas que ha entregado y sigue entregando a Chile, tales como: guano, salitre, yodo, bórax, azufre, plata, oro, cobre y otras sustancias del suelo.

Es cierto que el gobierno de Bolivia cedió a Chile el dominio de su litoral al firmar el Tratado de 1904, pero lo firmó resignado, pues no tenía otro camino ni alternativa. O entregaba al vencedor su litoral cuajado de riquezas naturales, o seguía oprimido bajo el ya insoportable peso del "Pacto de Tregua de 1884" que tenía al país anémico y exangüe, ocupado militarmente. Así que las autoridades bolivianas firmaron, entregando su valioso litoral, y recuperaron el control de sus aduanas fronterizas.

El Tratado de 1904, tanto por su contenido como por la forma en que se consiguió la renuente firma del gobierno boliviano, es una ignominia. Pero la cancillería chilena hizo esta increíble declaración el 28 de marzo de 1963:

"Declaramos enfáticamente que el Tratado de Paz de 1904, libremente negociado por las Partes, firmado 24 años después de concluidas las hostilidades con Bolivia, libremente ratificado por ese país, y que tiene ya casi 60 años de vigencia [en 1963], es intangible".

En la actualidad, a comienzos del siglo XXI, aún persiste esta situación anómala de que un país debe resignarse a que un país vecino lo haya dejado condenado a una eterna mediterraneidad. Por consiguiente, yo sostengo que es de toda justicia y altruismo que Chile entre en negociaciones serias con Bolivia para encontrar una solución que permita a Bolivia regresar soberanamente a una pequeña porción del valiosísimo litoral propio que tuvo en el pasado; lo que finalmente redundaría en beneficio para el pueblo chileno también

Por un tratado no cumplido. Efectivamente, el 18 de mayo de 1895 Chile y Bolivia firmaron el Tratado de Transferencia de Territorios, en virtud del cual Chile se comprometía a ceder a Bolivia cualquier territorio que recibiera como resultado de un plebiscito que nuestro país tenía pendiente con el Perú, o si los obtuviera por otros medios. El plebiscito nunca se realizó; pero, en cambio, el asunto se dirimió por medio del Tratado del 3 de junio de 1929, cuyo artículo 2º estipulaba: "El territorio de Tacna y Arica será dividido en dos partes, Tacna para el Perú y Arica para Chile". De los 24.000 km2 en disputa, Perú recuperó 8.600, más la zona de Tarata; Chile retenía el sector restante, equivalente a 15.300 km2. Una vez que Chile tomó posesión de la provincia de Arica, debería haber cedido Arica a Bolivia, en cumplimiento de este tratado de 1895; pero nunca lo hizo.   Por el contrario, las autoridades chilenas pertinentes idearon un plan para no cumplir su compromiso de transferir a Bolivia la provincia peruana adquirida, en este caso, Arica, y, al mismo tiempo, quedarse con el litoral boliviano que hasta ese momento mantenía cautivo en virtud del Pacto de Tregua de 1884. En primer lugar, se escogió el hombre más apto e idóneo para llevar a cabo este plan: don Abraham König Velásquez.   Él era un hombre inteligente y culto; abogado, periodista, autor de varios estudios literarios, y fue cuatro veces diputado; también fue Ministro de Guerra y Marina, y auditor de guerra en 1887. Era, en fin, el hombre preciso para la difícil misión que le encargó el gobierno. ¿Cuál misión? Pues, ir a Bolivia a comunicar al gobierno boliviano que Chile ha decidido no cumplir con el tratado de transferencia de territorios, pero que, de todas maneras, ellos deberían ceder su litoral a Chile.    Esta entrega de su litoral debería quedar protocolizada en un tratado de paz y amistad, cuyo borrador llevaba el Ministro König en su maletín junto con las breves, pero precisas instrucciones que le dió su jefe, el Ministro de Relaciones Exteriores, señor Rafael Errázuriz Urmeneta.

Así que el incumplimiento de este tratado y los medios coactivos con que se obtuvo la firma boliviana para el tratado de 1904, es de por sí una muy buena razón para que mi país remedie al menos en parte la injusticia de haber privado al pueblo boliviano de su litoral.

En la parte Segunda de su artículo reclamando por un puerto soberano al mar para Bolivia, don Cástulo Martínez apela a la conciencia de Chile y de su Gobierno para que Bolivia RECUPERE al menos una porción de su ancestral Litoral

 Por un cargo de conciencia. Aunque los países no tienen cargo de conciencia, siempre existe la posibilidad que algunas autoridades gubernamentales o líderes sociales reflexionen sobre la situación en que ha quedado Bolivia como resultado de la Guerra del Pacífico.

 Que estas autoridades y líderes procuren visualizar la escena:

 Bolivia nació con litoral propio, como ya se ha demostrado hasta la saciedad, y de pronto entra en litigio con un grupo de inversionistas ingleses y algunos chilenos, porque la empresa comercial a la que estos inversionistas pertenecían se negó a pagar un impuesto insignificante de 10 centavos por cada quintal de salitre exportado. Lo de los 10 centavos sólo fue un pretexto, lo cual quedó al descubierto cuando las autoridades chilenas, dueñas ya del litoral, le subieron ese impuesto a la compañía anglo-chilena:

"El 12.09.1879 fue publicada la ley chilena gravando con 40 cts. el quintal métrico de salitre exportado, exceptuando el elaborado al sur del paralelo 24, vale decir, a las nacientes salitreras de Taltal, Cachinal de la Sierra y Aguas Blancas. Sólo afectó a la Compañía. Trece meses después era sustituido por otro impuesto ascendente a $ 1.60 por cada cien kilos exportados. También se gravó la exportación de yodo, subproducto que la Compañía elaboraba, con éxito, desde 1879. De nuevo quedaron exceptuadas las salitreras del Sur. La tributación era agobiadora" (Manuel Ravest Mora, La Compañía Salitrera y la Ocupación de Antofagasta 1878-1879, Editorial Andrés Bello: Santiago de Chile, 1983), p. 201.

 A pesar del fuerte aumento del impuesto, de $0.10 a $1.60 por quintal de salitre exportado, que aplicó el Gobierno de Chile a la compañía salitrera, ésta ni chistó. No hubo escándalo ni protesta notarial, etc.

 Chile no fue a la guerra por defender a una empresa comercial a la que el gobierno boliviano le estaba cobrando ese pequeño impuesto; el motivo para ir a la guerra era apoderarse del litoral peruano y del litoral boliviano, tal como el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile lo expresó claramente, cuando dijo que "el territorio salitrero de Antofagasta y el territorio salitrero de Tarapacá, fueron la causa real y directa de la guerra" (José Manuel Balmaceda, Ministro de Relaciones Exteriores, Memoria de Relaciones Exteriores de Chile, 1882), p. 53

 El enriquecimiento en Chile, debido al salitre del suelo boliviano, hacía que los beneficiados cayeran en extravagancias que sólo el dinero en abundancia puede dar:

"El chorro de oro, abundante y aparentemente interminable, que el salitre dió a Chile, debe dividirse en dos: el recaudo por la vía del tributo fue a las arcas fiscales, y que hombres como don Enrique Salvador Sanfuentes y don Pedro Montt cautelaron con la austeridad de los bellos días de Chile; y el que se volcó sobre la actividad y la riqueza privada. El primero sirvió para montar en Chile uno de los más fabulosos programas de obras públicas de que tiene recuerdos el continente hispano-americano. Y el segundo, para corromper sistemáticamente la generación chilena que vivió y se educó a la sombra del salitre. Las casas de Santiago y Valparaíso compitieron en lujo con las de París. Los viajes espectaculares, los palacios en Francia y España, las joyas y los coches, los grandes espectáculos de ópera y teatro, todo revistió un esplendor que no es fácil describir en dos palabras. Un ansia de bienestar y de lujo ganó a la sociedad. Sólo contadas personas permanecieron al margen de esta orgía económica" (Mario Barros, Historia Diplomática de Chile).

En la actualidad, una de esas riquezas es el cobre, principalmente el que se halla en la mina boliviana de Chuquicamata. El malogrado Presidente de Chile, don Salvador Allende Gossens, denominó a la riqueza del cobre como "el sueldo de Chile", ¡y con razón!

De este modo, el cobre que se halla en Chuquicamata (y en otros sitios recientemente descubiertos), dentro del litoral que Bolivia poseía soberanamente, y que tuvo que traspasar a Chile, vencedor de la Guerra del Pacífico Sur, hace un considerable aporte al Estado chileno. Por encima del Tratado de 1904, y de gabelas burocráticas, por encima de sentimientos patrioteros, tomando en cuenta los inmensos beneficios que ha obtenido el Estado chileno por más de 100 años, ¿no podrían nuestras autoridades trabajar en una agenda de negociaciones con representantes bolivianos para que ese país pueda tener al menos una porción del litoral que poseyó alguna vez? Ese sería un gesto noble y cristiano que pondría fin a una más que centenaria injusticia que nuestro país cometió en contra de Bolivia hace 134 años. Una solución así sería también beneficiosa para el pueblo chileno.