Mar para Bolivia

DISCURSO PRONUNCIADO  EN LA CATEDRAL DE COCHABAMBA  
EN LOS FUNERALES DEL CONTRA-ALMIRANTE PERUANO 
DON MIGUEL GRAU

Señores y Señoras:

El año 1826 se hallaba en nuestra ciudad de La Paz el afamado batallón “Voltígeros” que descendiendo de las viejas campañas del Norte acababa de rematar su bélica peregrinación  las órdenes de Sucre nuestro inmortal fundador.

Entre sus filas se hacía notable por su valor  (y así lo probó  en el “Alto de San Roque) el sargento (Juan Manuel Grau) Grau, padre del que lloramos, si prestamos mérito a testimonios autorizados. Industrial y propietario peregrinó Grau en la vida como un varón enérgico y probo. En este caso como en todo siguió desenvolviéndose la grande solidaridad de la sangre que sella la fisonomía del hijo con el alma del padre llevando en una corriente generosa el impulso de las altas virtudes a esas razas de hombres y razas de pueblos que reciben con sus venas, bajo la providencia de Dios, el patriotismo de su futura grandeza; y que si es corrompida, arrastra en sus oleadas impuras la decadencia y la servidumbre irremediable.

No es pues raro que la paternidad venerable constituida en el solio de familia, ofrecieses a su país un hijo capaz del sacrificio  que es augusto.

Después de la tradición de la vida viene la libertad, salvándola o perdiéndola según el uso que hagamos de ella. El joven Grau correspondió a los buenos precedentes de su existencia.

Cuidémonos de pensar que la virtud brote expontánea; hondos surcos, copia de sudores la preparan; y si raya en el heroísmo, severa labor le ha sido necesario

Pasados los ingratos empeños del estudio, Grau buscó y obtuvo lo que llaman larga navegación;  que es el adiós indefinido  a las riveras patrias; los mares desconocidos, las tempestades, las costas bravas, los climas duros; las pestes..

Eso retempla, eso hace al hombre, compañero entonces de todo peligro, obligado a medirlo y a combatirlo, serena la frente, tranquilo el corazón. Sólo así nos explicamos al Comandante del Huáscar, vigilando los últimos pormenores de su terrible maquina: lanzándola apartado hasta entonces de ríos, costas y bahías; lanzándola mar afuera, comprometiéndola en toda orilla, deslizándola a las ensenadas  y a las grietas donde se cobijaban naves enemigas, precipitándola a fondo en los combates, arrancándola veloz en la retirada, manejándola con mano tan firme y flexible como el árabe a su corcel.

¡Ah nave pequeña la del fuere torreón, con cuanta anciedad la hemos seguido desde el fondo de nuestros apartados hogares; y como nos pedían sus noticias nuestras madres, nuestras esposas, nuestros tiernos hijos; y cómo corría por nuestros cuerpos como  un estremecimiento a cada nueva salida, a cada nueva expedición proyectada.

Muchos de nosotros sabemos desgraciadamente lo que es una campaña y lo que importa la responsabilidad de dirigirla, no lo ignoráis algunos.

¡Cuánta concentración de vida, cuanta tirantez de espíritu, cuánto calcinamiento de voluntad, cuántos años recogidos en momentos!

Grau ha hecho campaña incesante de largos meses, que eran días, que eran noches.

¡Qué sencillez en el cumplimiento de su obligación, qué santa moderación al comunicarlo! Habéis leído sus partes; los hemos devorado todos. No hay frase, la frase que lo pierde todo, no hay frase en esos informes.  El suceso narrado sin comentarios, el hecho genuino sin relación con la persona sin insinuar a nadie, ni la alabanza, ni la aprobación; así escribía Grau, sublime ignorante de su propio heroísmo.

Pero a veces animaba sus palabras un calor apasionado. Llegó hasta imponer condiciones: ascendedme, dijo, pero sea después de pasada la campaña, pero sobre todo ascendedme también a mis oficiales, sin cuyo concurso nada habría conseguido.

Hubo, entre varias, dos circunstancias que descubrió un fondo de purísima ternura, cuando sacudida por la gratitud se dirigió a vosotras, nobilísimas Señoras y pueblo de Cochabamba y al noble Ayuntamiento y pueblo de Sucre, con ocasión a las unas  del estandarte ofrecido, prenda de actualidad, emblema de porvenir, y a los otros de una medalla, primicia delantera de la gratitud nacional. Releamos esas palabras que son ahora de ultratumba: dirigiéndose a Sucre: “Habláis de hechos heroicos; no he hecho sino llenar mi deber, mi conciencia de ciudadano y de soldado me lo hacen comprender así…. La heroica y noble Sucre llevada de su patriótica generosidad condecora mi humilde pecho!”

Y a Cochabamba: “Es la mayor gloria del Huáscar vuestra manifestación. No tremolará ese estandarte a su tope sino cuando vaya en pos de la victoria” Sombra querida …

De suerte que acá las escribió con emoción amante como fue del boliviano, constante en su deseo de visitar nuestras breñas y nuestras montañas, nuestros vastos llanos, nuestros hospitalarios caseríos.

Sucumbió y a su alrededor esa pléyade de jóvenes, corona de sus padres, ilustración del Perú. Alguien vivía entre muchos heridos y ayer no mas hemos sabido que Palacios pereció de sus cruentas heridas.

No vengo aquí de movimiento propio. El Jefe de la Universidad y el Concejo me han confiado la inmerecida y honrosa tarea de expresar sus sentimientos. Creo ser fiel a su encargo, declarando que los cuerpos docentes como tales, prescinden de la política militante; pero que llamados a expresar su opinión directa o indirectamente, deben hacerlo con independencia; mucho más si está vinculada a la política internacional.

Digo pues, y estoy seguro de que al decirlo tengo el asentimiento de todo este vecindario, digo que si el patriotismo impone reservas en cuanto a las operaciones de guerra en preparación o en curso, ese mismo patriotismo impone el examen y la crítica en cuanto a las operaciones de guerra consumadas. Digo que no podemos ser inferiores a la política que permite y garantiza la expansión de todos los votos son reelección de horas  ni expectativa de oportunidades. Digo que sin caer en los extremos, el gobierno del país por el país, reclama la intervención de todos en el negocio dentro de los límites de la ley y de la obediencia … Y ante ese torreón cuarteado, ante esa cámaras destrozadas, ante esos cadáveres donde yacen tanta actualidad y tanta esperanza … la patria perú-boliviana puede quejarse, puede preguntarse; y nosotros recojer esos ayes y esas vacilaciones para hacerlas conocer a nuestros jefes.

Bien sé que no es llegado el momento de la historia; que todos anhelamos por qué esplicaciones completas realcen la precisión y aptitud del valeroso soldado, Director de la guerra, que inició una carrera de gloria continental en la memorable fecha del 2 de Mayo. Pero no somos jueces; somos pacientes. Como un soplo de muerte  ha helado nuestras venas la fatal noticia. El informe de la alta dirección ha sido  escaso y no nos basta por desgracia. (Angamos, fue al amanecer del 8 de octubre de 1879).

Nos han dicho: Grau y los suyos debían sacrificarse; era seguro que sucumbirían. No hemos comprendido eso. El sacrificio parcial para el éxito es inteligible. Entendemos a Napoleón cuando manda al capitán de una compañía “Id y dejaos matar en aquel puente con vuestra compañía” – - Bien mi General” Y muere el capitán y muere la compañía; dos sublimes en el que manda y en el que obedece; orden sencillamente dada, sencillamente ejecutada, obediencia a lo Grau … ¡pero aquel puente era la victoria o la mayor parte de la victoria. Eso se comprende, eso es luminoso.

Esperemos aún. Informes definitivos cubrirán toda responsabilidad. Uno había decisivo. En tan grandes negocios, en coyunturas que comprometen  dos nacionalidades, en planes de guerra de esa trascendencia, se habrá consultado como es rudimental, la opinión de los otros, no siendo admisible la protección de infalibilidad en la administración de negocios humanos. Entonces, si hubo error habrá sido  jeneral y por consiguiente irreparable; así no enseñará nuestros recuerdos ningún elemento de amargura.

A veces nos extravían nuestras simpatías. Queríamos explicarnos el sacrificio de Grau  como un acto temerario. Grau no era temerario que es el arrojo sin freno. Grau era valiente que es la fuerza al servicio de la prudencia. Su condición no era la petulancia bravía. Medía el peligro, lo arrostraba o evitaba según el consejo de su razón.

Cabían en esa alma muchas elevaciones. Un rasgo más que cerrará estos recuerdos os lo pondrá de manifiesto.

Amontonemos todas nuestras tristezas  y nuestra indignación sobre los poderes políticos que buscan deliberadamente la guerra, desatándola en los pueblos con injusticia.  Con relación a ellos, la guerra es el homicidio en grandes masas, la grande carnicería. Si la sangre vertida tuviese reflujos, retrocedería asficciante  a esas conciencias. Pero con relación al soldado su significado varía. Ese joven, guardia nacional, que perece en las fronteras de su patria las mas de las veces cae como bueno. ¿Qué sabe de los misterios de su Cancillería? Lo tenebroso está aquí; lo fúlgido está en los campos de batalla.

No pidamos calificativo a la cólera. Pero consignemos severamente que el Gobierno violento de Chile sin consultar con nuestro derecho público que suministraba a sus demandas medios evidentes de solución, aplicados esos mismos días por nuestros jueces con precisión e independencia que honran la justicia nacional, prefirió la agria discusión, la inconsulta vía diplomática deplorablemente trazada, para caer después con la espoliación sangrienta.

¿Qué supo Arturo Prat ni de aquellos atolondramientos, sino eran hipocresías, ni de estos últimos pretextos?

Marino de “La Esmeralda” pereció en el servicio de su patria. Pasó a su vencedor, de ahí que se adelanta embellecido el semblante en  una santa piedad y sobre las convulsiones de la lucha, sobre el estrépito de las iras bélicas, sin pedir consejo a nadie, estoy seguro de ello, se inclina desde esas alturas serenas donde se cierne su espíritu, se inclina sobre la viuda de Prat, sobre el infortunio de ese hogar solitario y les envía el consuelo, la veneración, la paz. Cuando en nuestra conmovida admiración  contemplamos esa actitud, se escapa de nuestros pechos un grito que podía traducirse así: alma de romano pero idealizada a los resplandores del Calvario; hombre antiguo pero confirmado por las manos del Cristianismo.

Tal fue esa naturaleza equilibrada, profundamente armónica, fuerza y dulzura, valor y piedad, poderosa y modesta… (Modesta, no, la más veces circunspección exterior, reserva del orgullo) poderosa y humilde, diría yo, por cuanto era profundamente religiosa.

Señalemos la fórmula de su ley. Miguel Grau  estuvo al servicio de ella, de la ley moral, de la ley humana, de la ley universal, lo acabáis de ver y después de la ley natural, de la ley positiva,  que para él consiste en la perfecta ejecución de ese sacramento militar. Obedecía y murió obedeciendo.

Que ese recuerdo nos sea fecundo.

Nuestra ley moral en toda circunstancia. Mucho más en la presente, es la concordia. El país gracias a Dios la cumple por primera vez en toda su extensión. Pero la concordia para ser eficaz y producir sus frutos  que son la acción expontánea, unísona de conjunto, ha menester de la confianza. Faltando ella, las voluntades correrán dispersas sin cohesión, sin centro, vagas aspiraciones, votos sin determinación que se disolverán en tristezas estériles y en desalientos. Pero la confianza sólo se establecerá en el concurso nacional mediante ley nacional. Somos república representativa; unámonos en nuestros diputados. Somos asociación política, ejercite la asociación sus funciones normales.  Constitúyase la jurisdicción que nos mueva, nos obligue  y nos ampare.  Sólo así todo sacrificio responderá  a todo llamamiento. Buscaremos tal vez para la vida, la transformación nacional espontánea. ¿Y cómo prepararla sin consultarnos? Somos organización,  que no hacinamiento.  ¿Esta vida no es nuestra vida? ¿Esta tierra no es nuestra tierra? ¿Esa sangre no es nuestra sangre?  No hay grupo desde la choza hasta el Parlamento, desde el ayllo hasta la ciudad, no hay grupo de seres humanos que al tratarse de sus negocios no se reúna, delibere y obre.

Creemos poder asegurarlo con fundamento. Todos los departamentos, el Presidente de la república en comisión, el Gobierno nacional se vuelven unánimes a este propósito, que vosotros vecinos de Cochabamba, señalásteis con oportunidad en nuestra segunda manifestación digna y previsora. Así será, gobernantes y gobernados se desviven en igual anciedad patriótica. Errores de procedimiento serán enmendados.

Sí; la concordia eficaz sea nuestra ley. Aquí mejor que en ninguna parte podemos decirlo; aquí en nuestro templo católico donde la palabra vuela cubierta con el velo del respeto y es sincera y es desapasionada y es amante. No hemos venido a hacer certamen académico; ni concurrimos a una fiesta literaria.

Maldita sea la palabra-sonido, campana que tañe, címbalo que resuena. Démosla fuerza con la fé, eficacia con la plegaria; y al terminar del maestro que sostuvo la tierra y que la salvará, recojamos esas enseñanzas, ondas de luz que señalan  las derrotas del mundo.

“Si os reuniéreis en mi nombre, estaré con vosotros” Jerusalen, Jerusalen, como el ave que recoje sus polluelos bajo sus alas, así quiere recojerte yá y no lo has querido”

Querámoslo señores. Cobijemos bajo el ala de nuestras instituciones, mandando y gobernando, pidiendo y concediendo, llamando al sacrificio  y sacrificándose; esta resolución será corona más hermosa que la mejor ofrenda que podamos depositar en el cenotafio de ese Macabeo perú boliviano don Miguel Grau Seminario.

ANTOLOGÍA BOLIVIANA

MARIANO BAPTISTA

CATEDRAL DE COCHABAMBA.

OCTUBRE DE 1879.

 Antologia donde se publican artículos de Mariano Baptista, Benjamín Blanco, Arturo Oblitas, Eufronio Viscarra Luis Felipe Guzmán, Adela Zamudio, José Quintín Mendoza, Florian Zambrana, Julio Rodriguez Morales, felix Antonio del Granado Adrián Pereira, Demetrio Canelas.
 


MIGUEL MARÍA GRAU S.

MIGUEL MARÍA GRAU SEMINARIO (nació en Paita, Perú, 27 de julio de 1834  murió en Punta Angamos, Bolivia, el 8 de octubre de 1879) Fue un marino peruano, almirante de la Marina de Guerra del Perú y destacado patriota máximo orgullo de la República del Perú. Se le conoce también como El caballero de los mares.El 24 de marzo, el Huáscar llega a Cobija y permanece en el puerto tres días. El 28, ya en Iquique, Grau escribe al Ministro de Guerra y le informa de la cariñosa acogida de las autoridades bolivianas de Cobija:Conforme indiqué a V. S., en mi oficio del 24 del presente he permanecido tres días en el puerto de Cobija, habiendo regresado a éste en la tarde de ayer. Durante mi permanencia en esas aguas me ha sido muy satisfactorio el recibimiento hecho por las autoridades bolivianas, las que me han dispensado toda clase de atenciones, no omitiendo circunstancia alguna para manifestar sus sentimientos de adhesión al Gobierno y pueblo del Perú

El 4 de abril, desde Iquique, Grau vuelve a informar al Ministro de Guerra “que el sur continúa sin novedad”, además de comentar que desea que el Huáscar sea una unidad de primer orden en batalla sometiendo para ello a su tripulación a “faenas doctrinales, haciendo diariamente ejercicios a fin de conseguir en la marinería la disciplina y moralidad que son tan necesarias”.
Satisfecho el Gobierno peruano de la forma como Grau lleva adelante su comisión, lo autoriza para que continúe los reconocimientos al sur del litoral de la República en la oportunidad que lo juzgue conveniente. Estando Grau en estas comisiones, el gobierno expide la resolución legislativa del 23 de abril de 1873, por la que se le asciende a capitán de navío efectivo.

El 27 de mayo el Huáscar zarpa de Iquique rumbo nuevamente a Cobija, donde fondea el 28. Al día siguiente vuelve a escribir al Ministro, avisando su llegada a este puerto e informando que toda la costa se encuentra en perfecto orden. El 2 de junio da cuenta de la desfavorable acogida dispensada al protocolo Corral-Lindsay por parte del pueblo boliviano; además, vuelve a informar de los buenos tratos con que es recibido y que demuestran la sincera simpatía de ese pueblo por el peruano

"Por lo demás, la recepción hecha tanto por ese funcionario, como por las autoridades de este puerto, y las diversas circunstancias que he tenido la ocasión de hacerles atenciones cariñosas y agasajos, en cuanto me ha sido posible, no han hecho más que estrechar los vínculos y afecciones que dichas autoridades y pueblo boliviano manifiestan sinceramente por el Gobierno y pueblo del Perú, no omitiendo la ocasión de probarlo prácticamente, una vez que han tenido la oportunidad de hacerlo".

Por el tenor de las cartas, es indudable que Grau no conocía en marzo de 1873, cuando zarpó del Callao para el sur, el 
Tratado Secreto de Alianza Defensiva, suscrito en Lima por representantes de Perú y Bolivia, el 6 de febrero de ese año, por lo que tenía que llamarle la atención la cariñosa acogida de que era objeto por las autoridades de Cobija, en los meses de marzo y junio. Pero es justo reconocer, que las autoridades bolivianas de Cobija tampoco conocían el pacto y que las recepciones y muestras de cariño tributadas a Grau y al Huáscar, comandante y buque de guerra de un país aliado, obedecían en parte a instrucciones del Gobierno de Bolivia impartidas con ese objeto.

La Guerra del Pacífico (1879-1884) fue un conflicto armado que enfrentó a la República de Chile contra la República Peruana y la República de Bolivia. También se le ha denominado Guerra del Salitre.

La escuadra peruana y la chilena

Debido a las características del litoral boliviano y del extremo sur peruano, en el que se extiende el desierto de Atacama, y teniendo en cuenta las experiencias de la Guerra de la Independencia y contra la Confederación.
Chile conocía que era necesario sortear por mar este territorio para poder trasladar a sus tropas e invadir el territorio peruano. Para ello tendría que lograr el dominio del mar. El Perú, por su parte, también comprendió que esta era la maniobra lógica que adoptaría Chile. De ese modo, ambas naciones dieron inicio a la campaña naval como la primera parte de la guerra.

La escuadra peruana, al mando del capitán de navío Miguel Grau, estaba conformada por el blindado tipo monitor Huáscar, la fragata Independencia, la corbeta Unión, la cañonera  Pilcomayo, Oroya, Limeña, Talismán y Chalaco. Estos últimos habrían de cumplir una función muy importante durante el conflicto, manteniendo abierta la ruta de abastecimiento peruana con continuos viajes entre el Callao y Panamá, así como a otros puntos del litoral, transportando tropas, pertrechos y municiones, burlando a la poderosa escuadra enemiga.

La escuadra chilena, al mando del contralmirante Juan Williams Rebolledo, estaba compuesta por los blindados Almirante Blanco Encalada y Almirante Cochrane, las corbetas  Chacabuco, O´Higgins, Abtao y Esmeralda y las cañoneras Magallanes y Covadonga, además de varios transportes armados como el Loa y Amazonas.

Completaban su flota veloces transportes que aseguraban la logística de sus tropas acantonadas en Antofagasta y de su escuadra, como el Itata, Lamar, Rímac, Copiapó y el carbonero Matias Cousiño
El equilibrio de poder era favorable a la marina chilena, dado que sus naves, sobre todo los dos blindados, tenían mejor artillería, mayor velocidad y coraza, en comparación a las naves peruanas.

LA CAMPAÑA NAVAL Y EL MONITOR HUÁSCAR.

La primera acción tuvo lugar apenas siete días después de declarada la guerra, el 12 de abril de 1879, cuando la corbeta Unión y la cañonera Pilcomayo atacaron y persiguieron a la corbeta chilena Magallanes frente a Punta Chipana. Por su parte, la escuadra chilena en el Perú bombardeó Mollendo, Pisagua, Mejillones e Iquique, antes de dirigirse hacia el Callao con el propósito de destruir la escuadra peruana.

COMBATE NAVAL DE IQUIQUE


Combate Naval de Iquique, de Thomas Somerscales (1842-1927).

El 17 de mayo la flota peruana puso rumbo a Arica, donde desembarcó el Presidente Prado para dirigir la guerra desde ese puerto peruano. Casi de inmediato fueron despachados a Iquique el monitor Huáscar y la fragata Independencia, con instrucciones de levantar el bloqueo de ese puerto, sostenido en ese momento por la corbeta chilena Esmeralda, la cañonera Covadonga y el transporte Lamar. El 21 de mayo de 1879 el monitor Huáscar al mando del capitán de navío Miguel Grau, y la Independencia al mando del capitán de navío Juan Guillermo More Ruiz, ingresaron a la bahía de Iquique y se enfrentaron a los ya mencionados buques de madera chilenos comandados, respectivamente, por Arturo Prat Chacón (Esmeralda) y por Carlos Condell de la Haza (Covadonga).

El transporte Lamar izó bandera estadounidense y puso rumbo al sur, siendo seguido por la cañonera Covadonga que fue perseguida por la Independencia. Mientras tanto, el Huáscar en Iquique cañoneaba a la Esmeralda, buque que maniobró para colocarse delante de la población, ante la imposibilidad de doblegar al enemigo, y ya que el combate se extendía con gran número de bajas chilenas, el comandante Grau decidió utilizar el espolón 3 veces. En el segundo ataque al espolón, el comandante chileno Arturo Prat realiza un abordaje frustrado, principalmente, por la confusión reinante que dificultó que su orden fuese escuchada y por las importantes bajas en su tripulación, la Esmeralda tenía varios daños antes del combate. Prat murió en el intento, pues jamás llegó a ver a Grau.


Hundimiento de la Esmeralda

Finalmente logra Grau hundir a la nave chilena, cuyos sobrevivientes, fueron rescatados por los marinos peruanos. En este combate murió el teniente primero Jorge Velarde, primer héroe naval peruano de la contienda.
Posteriormente Grau, en un gesto de caballerosidad, escribió a Carmela Carvajal, viuda del héroe naval chileno Arturo Prat Chacón, comandante de la Esmeralda, muerto en la cubierta del Huáscar, una carta en la que elogiaba la actuación de su esposo y le enviaba algunas de sus prendas personales, entre ellas su espada. 
A su vez, en la respuesta a esta carta, la viuda de Prat agradece tal gesto, asegurando que dada la hidalguía mostrada por Grau al asociarse a su dolor, ella comprende que la muerte de su esposo fue consecuencia de la guerra y que de haber estado en manos del capitán del Huáscar, jamás habría tenido lugar.

Combate naval de Angamos
 


Combate de Angamos, óleo de Salaverry. Colección particular. Lima

La incapacidad de los mandos navales chilenos frente a las continuas incursiones del Huáscar fueron motivo de protestas populares, interpelaciones en el congreso y la censura del gabinete ministerial. Todo ello se agudizó con la captura del transporte Rímac, luego de lo cual se produjeron renuncias de ministros y se efectuaron inevitables cambios en las jefaturas del ejército y la escuadra. Los conductores de la guerra, ante la imposibilidad de iniciar la campaña terrestre para invadir el sur peruano, determinaron que el hundimiento del Huáscar era prioritario e indispensable para llevar a cabo sus planes. Una de las primeras medidas fue el relevo del contralmirante Juan Williams Rebolledo en el mando de la Escuadra chilena por el capitán de navío Galvarino Riveros, quien dispuso que sus buques fueran sometidos a reparaciones de calderas y carena para limpiar sus fondos y prepararse a dar caza al Huáscar.

Para dicho propósito, elaboraron un plan para capturarlo, organizando a su escuadra en dos divisiones, la primera, integrada por el Almirante Blanco Encalada, la Covadonga y el Matías Cousiño, y la segunda, compuesta por el Almirante Cochrane, el Loa y la O'Higgins. La idea era tenderle un cerco al Huáscar, en el área comprendida entre Arica y Antofagasta.

Al amanecer del 8 de octubre de 1879, el Huáscar fue avistado por la primera división chilena, lo que obligó a Grau a virar hacia el suroeste para luego volver al norte, a la máxima velocidad posible tratando de dejar atrás a sus enemigos. Poco después, el Huáscar y la Unión se encontraron con la segunda división chilena frente a Punta Angamos. Al percatarse de que el Huáscar no podría evadir el combate por su escaso andar, la Unión, de mayor andar, a expresa orden del almirante, se abrió paso hacia el norte.
La Covadonga y el Almirante Blanco Encalada en esos momentos se hallaban a una distancia de seis millas con dirección al Huáscar, mientras que la O'Higgins y el Loa se dirigían a cortar el paso a la Unión. El Almirante Cochrane no contestó inicialmente los disparos, sino que acortó distancias gracias a su mayor velocidad, estando a 500 metros, una andanada del Monitor golpeó la banda del acorazado chileno haciéndolo bandearse por unos instantes, pero sin mayor daño y cuando estuvo a 200 m por babor del Huáscar, hizo sus primeros disparos, perforando el blindaje del casco y dañando el sistema de gobierno.

Grau en su torre, presintiendo lo inevitable y agachándose hacia la rejilla del piso, se despidió de Diego Ferré en un fraternal saludo de manos. Mientras tanto, las alzas de los cañones chilenos apuntaban hacia las partes vitales del monitor. Diez minutos después un proyectil proveniente también del Almirante Cochrane impactó en la torre de mando y al estallar hizo volar al contralmirante Miguel Grau y dejó moribundo a su acompañante teniente primero Diego Ferré.Entonces tomó el mando del buque el capitán de corbeta Elías Aguirre, quien continuó el combate con las naves chilenas, hasta que también cayó muerto por un disparo del contendor. Uno tras otro, los oficiales peruanos se fueron sucediendo a cargo de la nave, que recibía una y otra vez los impactos de la artillería chilena, hasta que habiendo recaído el mando en el teniente primero Pedro Gárezon Thomas de solo 28 años de edad, este oficial, viendo que ya no era posible continuar la lucha por las condiciones en las que se hallaba el buque, con sus cañones inutilizados, roto su timón, y con parte de su tripulación muerta o herida, dio la orden de abrir las válvulas de fondo para inundar al monitor antes de entregarla rendida, orden que fue cumplida por el alférez de fragata Ricardo Herrera de la Lama y de esta forma impedir la captura de la nave peruana.

A las 10:55 el
 Almirante Cochrane y el Almirante Blanco Encalada suspendieron el cañoneo y al ver que el Huáscar pronto se iría a pique, enviaron una dotación armada en lanchas para tomarlo. Cuando los marinos chilenos ingresaron a bordo, el Huáscar ya tenía 1,20 m de agua y estaba a punto de hundirse por la popa. Revólver en mano, los oficiales chilenos ordenaron a los maquinistas cerrar las válvulas y posteriormente obligaron a los prisioneros a apagar los fuegos que consumían diversos sectores de la nave. La nave, ya incapacitada para la defensa, había sufrido el abordaje del enemigo. La lucha había concluido y el Huáscar capturado.

LOS RESTOS DE GRAU

Después del combate de Angamos, el teniente primero Pedro Gárezon Thomas, último comandante del "Huáscar", no quiso abandonar el monitor hasta no haber agotado la búsqueda de los restos del almirante Grau. Al ver su insistencia, el teniente chileno Goñi le permitió hacer dicha búsqueda en la torre de mando, que se hallaba destrozada. Garezón entró por un gran boquete abierto por las bombas y tras una búsqueda exhaustiva, halló finalmente entre los escombros el único resto de Grau: «un trozo de pierna blanca y velluda, solo desde la mitad de la pantorrilla al pie, que estaba calzada con un botín de cuero.» 

Gárezon certificó que se trataba de un auténtico resto del almirante. Colocado en una caja, fue conducido a Mejillones, donde se le honró con una misa oficiada por monseñor Fontecilla. Luego, el 14 de octubre, por orden expresa del gobierno chileno, fue trasladado a Valparaíso, a bordo del Blanco Encalada. El capitán de fragata Óscar Viel, que era concuñado y compadre de Grau, obtuvo de su gobierno el permiso para sepultar los restos de Grau en el mausoleo de su familia en Santiago, donde permaneció por algunos años.

Los restos de Grau, junto con los pertenecientes a otros combatientes peruanos caídos en la guerra, retornaron al Perú durante el primer gobierno de
 Andrés A. Cáceres. Llegaron al Callao a bordo del crucero
 Lima, el día 13 de julio de 1890, siendo sepultados en una tumba provisional en el Cementerio Presbítero Maestro de Lima. En 1908 fueron trasladados a la Cripta de los Héroes de la Guerra del Pacífico, inaugurada por el presidente José Pardo y Barreda en dicho cementerio.

En Chile permaneció un fragmento de la
 tibia de Grau que era exhibido en un Museo de Santiago, junto con una gorra y otros enseres personales del héroe. Este resto fue devuelto al Perú el 20 de marzo de 1958, en solemne ceremonia realizada en Santiago con la presencia del presidente de Chile, Carlos Ibáñez del Campo. Al día siguiente, llegaron vía aérea a Lima, donde fueron recibidos por el presidente Manuel Prado Ugarteche, quien, en parte de su discurso ceremonial expresó lo siguiente:

“La figura de nuestro ínclito Almirante, personifica una de las glorias legítimas que enaltecen no solo nuestros anales y los de América, sino del mundo entero. Su vida y sacrificio son paradigmas de caballerosidad y abnegación”.

Luego, los restos fueron conducidos al edificio de la antigua Escuela Naval en
 La Punta, donde fueron depositados en un salón.

Finalmente, el 7 de octubre de 1976, los restos óseos de Grau fueron trasladados en solemne ceremonia al Cenotafio construido en la Cripta de la Escuela Naval, donde permanecen con guardia de honor permanente. El 25 de julio del 2003 fueron depositadas allí la espada y las condecoraciones del héroe.