Mar para Bolivia

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL RDO. BENJAMIN GONZALES QUIROGA CELEBRADO EN HONOR DE LAS VICTIMAS DE CHORRILOS Y MIRAFLORES TRAS LA BATALLA DE LIMA. PERÚ.


Dr. BENJAMÍN G QUIROGA AYARZA
Catedral de Cochabamba. Enero de 1881..
EL HERALDO (Cuatro años previos a su fallecimiento)

 

“Señores: Poseídos de profundo pesar por las desgracia acción de armas por nuestros hermanos y aliados del Perú, y sin tiempo aún para enjugar las lágrimas que este funesto acontecimiento ha arrancado a todo corazón boliviano, nos congregamos hoy en el templo del Señor, para elevar nuestras fervientes preces por el eterno descanso de quienes fieles a las leyes del honor y del deber han caído envueltos en su bandera en los esforzados combates de Chorrillos y Miraflores.
Los repetidos desastres del ejército aliado, lejos de aniquilar el ánimo y sembrar el desaliento, nos han hecho más que vigorizar el sentimiento patrio aquilatado en el crisol del martirio.

Nada importa que el éxito alabe por el momento la vanidad y satisfaga las pretensiones de nuestros desleales invasores, aquel que en esencia de la justicia restablecerá un día no muy lejano quizá, nuestros sacrosantos derechos, devolviendo sus fueros a la humanidad Los generosos sentimientos de unión y fraternidad manifestados por Bolivia a favor de la República de Chile en 1866, se encontraba en horas del mayor conflicto, no han sido parte para desvanecer las ideas de absorción concebidas y resueltas en los acuerdos de su tenebrosa cancillería. Resuelto estaba que a poco andar se sacrificarían el reposo y bienestar de la nación vecina para ensanchar a título de conquista su estrecho territorio y llevar la abundancia a su exhausto tesoro; para esto, ninguna significación han tenido en concepto de chile los respetos que se deben mutuamente las secciones de nuestro continente nacidas a la república por su común esfuerzo.

La cesión de una parte de nuestro rico litoral y las estipulaciones de un Tratado reciente, observado por nuestra parte con nimia escrupulosidad, se buscó un pretexto para retarnos a duelo, y ese pretexto se creyó encontrar en un contrato celebrado por nuestra nación con una compañía salitrera de Antofagasta.
Diose el carácter de reclamación diplomática a un asunto sujeto a la jurisdicción de tribunales de justicia, la discusión sostenida entre nuestro gobierno y el representante de chile, da la medida de cuanto es capaz el que pasando por encima de las leyes del honor y del decoro nacional, se ve obligado a llevar a efecto un plan de antes preconcebido.
Apenas cerrado el debate y en la misma fecha en que se otorgó al plenipotenciario chileno su carta de retiro, se tomó militarmente la indefensa plaza de Antofagasta y los ricos minerales de Caracoles que hacían la esperanza de numerosos industriales bolivianos.
He aquí señores, manifestado a grandes rasgos, el fútil pretexto que ha determinado la guerra que, con todo su cortejo de horrores nos ha traído Chile. He aquí el origen de las sangrientas escenas y que han sido teatro las antes florecientes costas del Pacífico.

El generoso pueblo del Perú, animado de noble espíritu de conciliación ofreció sus buenos oficios para evitar que una causa de suyo insignificante ocasionara la guerra entre dos naciones hermanas. Chile que había espiado el momento el momento en que nuestras poblaciones eran espiadas por el doble sufrimiento de la peste y el hambre, chile ensoberbecida con sus enormes recursos bélicos y con el poder de su flota, no sólo desoyó al diplomático peruano sino que, dando por terminada sus relaciones con aquella nación, la obligó a terciar en la contienda declarándole la guerra, fue entonces que Bolivia y el Perú se aprestaron a la defensa. Fue entonces que nuestra república se puso de pie y envió al campamento no sólo sus legiones sino también su juventud esperanza del porvenir.
Habéis visto S.S. aquí en Cochabamba, formar entre los defensores de la honra nacional, jóvenes distinguidos en renunciar a las comodidades de la familia y del hogar para compartir con el soldado las fatigas de la campaña. Habéis visto a nuestras dignas matronas bordar con sus propias manos el lábaro santo que debían conducir al campo de batalla para sacarlo de allí con gloria.

Dios en sus inescrutables designios permitió que el primer encuentro de nuestras armas se señalara por un desastre, inequívoca prueba de que la Divina Providencia había tomado a Chile y a las pretensiones chilenas como un medio para depurar nuestro patriotismo, para enseñarnos a amar a nuestra Madre Patria y para que deponiendo nuestros rencores, nuestros odios y nuestras divisiones de círculo nos unamos en un esfuerzo común a fin de volver por nuestra honra y la integridad de nuestro territorio. Los contrastes de Pisagua y San Francisco son una elocuente misión que nos enseña a renunciar los intereses del presente para llevar nuestra mirada hacia horizontes más vastos.
Entre tanto avanzó el tiempo preñado de tempestades y la desgraciada jornada del Alto de la Alianza en que de una parte estuvieron la justicia y el derecho, y de la otra la usurpación y la violencia, dio por resultado el aniquilamiento de las fuerzas del ejército aliado. El valor y entusiasmo de nuestros soldados, el heroísmo y pericia militar de sus jefes, no fueron bastantes para hacer frente al poder combinado de las armas de chile y la superioridad numérica de sus fuerzas. Sucumbió por segunda vez nuestro ejército y los nombres inmortales de los Pérez, López, Bolognesi, Moore y las demás víctimas de ese infausto hecho de armas, vivirán en nuestros corazones y pasarán a la posteridad cubiertos de gloria cuando llegue el día de la justicia.

No satisfecho la concupiscente ambición del altivo conquistador con la posesión de nuestro Litoral, el hermoso y opulento departamento de Tarapacá, y parte del de Moquegua, dirigió sus miradas hacia la Ciudad de los Reyes, centro de todos los recursos y de todos los elementos de defensa de que disponía el Perú. La justicia de la causa que sostenía la alianza, que es la causa de Dios, porque es la del derecho. La conciencia del crimen que acobarda hasta los héroes de encrucijada, los medios de resistencia que suponíamos en la tradicional metrópoli, todo nos hacía augurar un feliz éxito para los aliados y fundamentalmente esperábamos que ante los muros de Lima irían a estrellarse hasta entonces las vencedoras armas de los piratas del Pacífico; pero, he aquí que estos mirando muy de arriba lo que se llama honra nacional y despreciando el anatema que de concierto lanzaron todas las secciones del continente contra su incalificable conducta se apresuraron a seguir el camino de la devastación sin pararse ante ningún atentado y sin que les arredre la perpetración de crímenes que condena la civilización.

Parte para la costa norte del Perú, el funestamente célebre Lynch, definido con propiedad como el “Águila de la desolación y el exterminio” por la prensa de su propio país.
I ya sabéis señores que las obras de arte, de la industria y del ingenio de maquinarias en que se emplearon ingentes capitales peruanos, fueron devoradas por las llamas y desaparecieron por la explosión de la pólvora y la dinamita.
Bien sabéis que inertes y pacíficas poblaciones fueron entregados a los mayores excesos y a la rapacidad de forajidas turbas.

Bien sabéis que con asignada crueldad se cometieron abominaciones que horrorizan y de que es forzoso apartar la vista.
En este estado, la gran república del norte (EEUU) ofreció su mediación esperando que acaso se pondría término a tanto escándalo y a ese sistema de destrucción de que hacían alarde los jefes chilenos. Con este intento se abrieron las conferencias de Arica. La exageración de las pretensiones de los ministros chilenos que sin esbozo proclamaron el derecho de conquista, la ley de la fuerza y del éxito, cerró desde un principio el ingreso a toda discusión que diera por resultado el advenimiento.

Con la conciencia de quien procede con honradez y lealtad, se propuso por los plenipotenciarios de las naciones aliadas, la intervención de un árbitro, medio honorable que recurren las naciones civilizadas para zanjar sus diferencias. Este medio fue rechazado por chile que sabiendo que no estando la justicia por su parte, el laudo no favorecería sus usurpaciones, ni se alteraría el límite de sus fronteras con violación de las prescripciones del derecho público americano. Esterilizado el nuevo, humanitario, comedimiento de la república modelo, nuestros plenipotenciarios, dando un adiós a todo acuerdo, volvieron con el triste convencimiento de que era inevitable la continuación de la guerra.

Con esta convicción Lima la ciudad de la industria, del comercio y del progreso, alistó la resistencia, contando con el esfuerzo común de sus hijos que en la hora de la prueba no le esquivaron sus tesoros ni el sacrificio de sus personas.
Poco tiempo más y el ejército invasor se encontraba a sus puertas. Librase en los días 3 y 15 de enero de 1881, el combate más encarnizado que acaso ha presenciado la América. Chorrillos, la ciudad de las fantasías, la hermosa joya del Pacífico es devorada por las llamas; suceden en su suelo hechos de ferocidad que horrorizan y anonadan el espíritu; y la distancia que media entre Chorrillos y Miraflores es sembrada de cadáveres y regada con la sangre de los mártires que defendían su hogar, su familia, y la honra de su patria.
Con el poder de su escuadra, la superioridad de sus armas y el número de sus fuerzas, más que todo ayudados por la más incalificable infidencia, alcanzan a liquidar al ejército peruano. I señores, se consuma la más pérfida de todas las violaciones.
 
Al llegar aquí siento que se me desgarra el alma, Lima la floreciente ciudad de los Reyes, la tradicional metrópoli, el centro de todas las más grandes virtudes, públicas y privadas, es profanada por la altiva planta del conquistador. I el primer rayo de luz que presenció su humillación, presenció también el escarnio de la moral y la violación de la justicia.
Yo que un día encontré albergue bajo el techo hospitalario de sus nobilísimos habitantes y tomé asiento en su hogar. Yo que conozco sus sentimientos de moral, de dignidad y de amor patrio, con el corazón oprimido de angustia, los contemplo en las horas de su inmerecido infortunio y mientras llegue el día de la reparación, ruego al cielo derrame sobre su cabeza el bálsamo consolador de la resignación.

Ahora, bien S.S., ¿Qué significa en el lenguaje de la civilización y de la ley la palabra “conquista” proclamada en pleno siglo XIX por nuestros injustos agresores? Es la explícita confesión de los derechos y méritos de la víctima que envidia el victimador. Es el desesperado recurso de una nación sin poder moral. Es la suspicacia del usurpador que aterrado por su conciencia eternamente acusadora cree hallar descanso en sus fatigas con la perpetración de nuevos crímenes que la humanidad prohíbe y condena la civilización.

Arrebatar señores al hombre el espacio de tierra que con el nombre de Patria le concediera el cielo, separarlo de la esposa que la iglesia y la sociedad le permitieron escoger santificando su contrato en aras de la religión, apartado de la familia y de los hijos a quienes, vivo el padre, la injusticia hace huérfano. Aniquilar por acción deletérea a los santos vínculos de la sociedad. Destruir, violar, incendiar poblaciones que eran una prueba de los progresos del siglo. Hacer alarde del poder, de la fuerza sobre la fuerza de la justicia, es señores, el conjunto de todos los crímenes explicado por la palabra “conquista”

El talento más extraviado, la consciencia más proterva, la malignidad más orgánica, imposible es, que no sienta los estremecimientos del remordimiento a que, desde luego, condenamos a nuestros desleales invasores.
Llegados los sucesos al extremo en que se encuentran, ¿nos conformamos señores tan solo con deplorar nuestras desgracias?

No animará nuestro esfuerzo la consideración de que los hijos de nuestra noble aliada, ¿acaso en estos mismos instantes, vagan sin rumbo, sin pan y sin techo contando las horas de su martirio por los tristes recuerdos que dilaceran su alma?
Esperaremos que la reparación de nuestra honra y la razón pública cobijen con su poder a nuestros invasores ¿y que la civilización les alumbre con su luz?

No, señores, vivo está el sentimiento de patria de los Hijos del grande Bolívar. Corre en nuestras venas la misma sangre que animó la existencia de los héroes de la Independencia. Aún tenemos fuerza y contamos con los recursos que nos ofrece nuestro suelo.
Lucharemos señores, sí, lucharemos sin tregua y ardimiento con que lucha el que tiene conciencia de la justicia de su causa. Se ha arrebatado a Bolivia la porción más valiosa de su territorio. Se la ha abofeteado y hecho escarnio de sus derechos.

Mientras haya un solo boliviano que sienta latir su corazón al recuerdo de la patria, no soltará el arma de la mano si antes no se ha obtenido una cumplida reparación.
¡Que Bolivia se convierta en vasto cementerio! ¡Que nuestro hermoso pabellón sea el sudario que envuelva nuestro cadáver, antes de consentir en una paz ignominiosa! Una paz impuesta por el poder y la fuerza del conquistador. ¡Traidor, mil veces traidor! se llamaría quien pudiera apartarse de este pensamiento que es el pensamiento general de todos los bolivianos que quieren y merecen tener patria.

Y para conseguir este objeto, ¿qué debemos hacer señores?
 
Poner en acción todos los medios honorables que estén a nuestro alcance. Para levantar fortalecimiento del decaído espíritu público, imitad el heroísmo del pueblo romano que con un supremo esfuerzo alcanzó a arrojar de sus puertas las vencedoras huestes del africano Aníbal. Imitad a nuestros progenitores que en la memorable jornada de Vailen, aniquilaron a los vencedores de Marengo y Austerlist. Poned los ojos en los nobles ejemplos de los héroes legendarios de la guerra de los 15 años. ¿No es todo esto cierto?

Pues bien, sigamos sus pasos. ¿Se necesitan recursos? Procurémoslos. Nada importa que para tan santo objeto se enajene lo que más apreciamos. Todo lo debemos a la patria y, ésta en sus horas de tribulación requiere nuestros esfuerzos. Apresurémonos a ofrecerle con todo el desinterés del patriota y la fe del cristiano que espera que el Dios de misericordia, apiadándose de nuestras desgracias, después de la prueba por que hemos pasado, nos enviará el día de la reparación.

No olvidemos que la abstención es concebible cuando se trata de asuntos de orden interno, pero cuando la honra nacional está comprometida, cuando el enemigo común está al frente, y cuando el aliado después de sangrientos combates ha perdido hasta el último baluarte, la indiferencia es un crimen de funesta trascendencia.
Con este convencimiento, agrupémonos en torno de nuestra tricolor y del Jefe Supremo encargado de conducirla a la gloria. Si sucumbimos, si sucumbe nuestra patria y pierde su autonomía, que al menos sea después del último aliento, solo así seremos dignos de nosotros mismos, dignos de las glorias de nuestros antepasados, y mereceremos llamarnos Bolivia república independiente.

Señores, que el Dios de bondad y de todo consuelo, escuchando las oraciones y la ferviente plegaria que le dirige su pueblo, recoja en su seno y otorgue la eterna bienaventuranza a los mártires que han sellado con su sangre los imprescindibles principios del derecho y de la justicia proclamadas por El, desde el altar de su sacrificio.
Que descansen en paz.