Mar para Bolivia

EL HOMBRE DE CALAMA

 

Fernando Diez de Medina. (La Paz, 23 de marzo de 1952)

“JACHA – IRPA” – dice la leyenda- Es el que guía a los demás, el caudillo de los pueblos, el gran conductor.
El pueblo andino supo armonizarse en torno a lo eminente. Miró a los montes antes de fijarse en los hombres; a los caudillos de hielo que se alzaban en medio de la tempestad y del relámpago.
Se nombran “Illampu”, el promontorio centelleante donde nacen los dioses y los héroes del tiempo mítico.; “Wayna - Potosí”, la prisión piramidal del guerrero que brama sin descanso; “ILLIMANI” el cóndor resplandeciente que levanta en sus alas de nieve la pesadumbres de los imperios desvanecidos.

A veces los hombres, convertidos en grandes jefes titánicos, pasan también como un “galope de montañas” según la frase del poeta. Pensad en Murillo, en Arze, en Pagador, Recordad a Alonso de Ibáñez, a Mercado, al Moto Méndez. Evocad a Juana Azurduy de Padilla, la indomable. Admirad a Bolívar, a Sucre, a Santa Cruz. Seguid las huellas de Linares, de Ballivián, de Arce. Imitad a Frías y a Campero. Creced con Aspiazu y con Tamayo. Absorbed la lección de los mandatarios constructivos: Montes, Saavedra, Blanco Galindo. Meditad en el trágico destino de Busch y de Villarroel, inmolados a un ideal de patria resurgente. Ahondad en esa trinidad intelectual que forjaron Baptista, Salamanca y Sánchez Bustamante. Donde hay un conductor, hay un pueblo que sigue y que progresa.
Un nuevo arquetipo de bolivianidad se esculpe hoy en el bronce de la historia. Se llamó Eduardo Abaroa y ha entrado a la gloria como el Hombre de Calama.

¿Quién fue ese oscuro servidor que se alzó un día desde el confín marítimo, para cubrir con su sombra ilustre todo el territorio?
Solamente un buen boliviano, un amigo del deber. Nada más que un hombre, nada menos que todo un hombre. Y por haber honrado con varonil austeridad la condición humana, ese hombre y ese nombre, trasmontando los límites del simbólico episodio, se convierten ahora en la más recia expresión del carácter nacional.
Abaroa es la nación misma encarnada en su intrépida pasión de libertad. Un pueblo en una frase.
Su hazaña, nimbada por la enérgica interjección que resuena todavía en los oídos bolivianos, trasunta a maravilla el alma tumultuosa, díscola y rebelde del pueblo andino.

¡Cuántas veces el boliviano acosado por la adversidad, magullado el cuerpo, desgarrada el alma, se irguió contra el destino lanzando el apóstrofe final! Si queréis auscultar las más íntimas razones del alma nacional, descifrad por la frase del calameño lo que vale y lo que puede el genio de un pueblo libre.
Dos hechos relievan el perfil del Héroe. El hombre del Topáter no era un militar, que al fin y al cabo hace de su vida una profesión de heroísmo. Tampoco fue un triunfador en la actividad ciudadana. Ni vocación guerrera ni biografía civil; y ésta es su mayor grandeza porque hijo del destino y criatura de de su propia hechura al mismo tiempo, sólo debe su osadía a su desplante individual. ¿Qué importa la biografía del caudillo? Lo que cuenta es su proeza. Y si Eduardo Abaroa se agiganta en esta hora de transfiguración nacional, es justamente porque no tuvo respaldo de grandeza detrás de su torso de león.

¿Quién es el valiente que en el Puente del Topáter apaga los fulgores de la estrella de Arauco?
Antes de la acción pudo ser cualquiera. Después de ella la fama reserva sus laureles solo para uno: el que mejor interpretó la decisión de ser de todo un pueblo.
Calama no fue un verdadero combate militar sino un alarde de heroísmo civil. Forzando el símil, casi diría que en punto a desigualdad de fuerzas y armamento - uno contra siete - fue un simple atraco de la milicia organizada contra una pequeña población indefensa y sin recursos. El valor y la capacidad de Ladislao Cabrera, el civismo de los calameños que no llegaban a 200, poco pudieron contra la superioridad abrumadora del invasor. Fue entonces que surgió el coraje desesperado de Abaroa, como estalla la flor roja de la khantuta, abriéndose paso entre espinas y entre las zarzas.
Tome ocho rifleros y vaya a defender el Paso del Topáter – fue la orden recibida.
El ciudadano Abaroa no preguntó más. Para él, defender el territorio significaba pelear hasta el último cartucho. Ocupó el Puente, repartió a sus hombres y se aprestó a cumplir con su deber.
A poco la artillería chilena comenzaba su obra demoledora. Caían hombres y barricadas bajo el fuego mortífero del enemigo. Cuando la avanzada araucana se halló frente al Puente del Topáter, su comandante, al comprobar la inmensa superioridad de sus fuerzas, intimó la rendición al calameño y su puñado de héroes:
-¡Ríndase!- gritó el chileno - Es inútil resistir.

Y éste es el momento estelar de nuestra historia que el corazón boliviano jamás olvidará.
¿Qué pensaba el caudillo durante el combate, cuáles fueron sus postreros pensamientos?
Como no era filósofo, militar ni literato, probablemente la historia y la gloria lo tenían sin cuidado. Acaso Avaroa evocó a los suyos en la modesta casa familiar. Pensó en Calama, desolada y aterrada donde solo niños y mujeres se apiñaban al estampido del cañón. Midió la tremenda desproporción entre atacantes y defensores. Él amaba su tierra, se sentía uno con su pueblo, quería solo cumplir su deber con dignidad y con valor. Mas cuando hirió sus tímpanos la intimidación a rendirse del invasor, todo se volvió rojo en la mente del calameño. Hay siempre algo de mago, de titán en la criatura que se inmola voluntariamente.

De todo cuanto se escribe – dice el solitario de Sils María - sólo amo aquello que un hombre escribe con su propia sangre. Abaroa sintió que por sus venas ardía el dolor de la Patria agredida injustamente; vio su suelo profanado, vertida la sangre de sus hermanos; presintió el despojo de nuestro mar. Comprendiendo que solo quedaba el camino del honor frente al desastre, fue un momento de la conciencia nacional. Y en un segundo como un mundo, en ese rapto vertiginoso que fabrica  las proezas, escribió con su voz y con su sangre, las seis palabras inmortales que valen por seis libros.

- ¡QUE SE RINDA SU ABUELA, CARAJO! –

Qué frase tan cabal y tan hermosa, si se la mide en el marco de su circunstancia. ¡Qué reto al destino, que soberbio desplante varonil!
No hay que jugar con ella, no debemos desgastarla. Suena como una descarga de metralla que perfora las páginas más nobles de la historia andina y es como si los cholos bolivianos hubiesen prestado sus pulmones, su coraje, al insigne calameño, para que diga en alta voz al continente que hay pueblos que mueren pero no se rinden.
Esta explosión de patriotismo verbal, a que asistimos, este delirio de homenajes y desfiles, está bien por lo que al Héroe se refiere. Patria es una responsabilidad, no un usufructo; y el mejor modo de honrar a los héroes consiste en ser dignos de su sacrificio y de su ejemplo.

¿Qué diría el Hombre del Topáter, si contemplara nuestra vida actual? El Hombre del Topáter nos diría:
-¡Bolivianos! Terminad el vicio nacional de la violencia y el desorden, para avanzar en paz y en justicia al porvenir. El patriotismo no se pregona; se ejerce en el deber de cada día. Ahuyentad los motines, las persecuciones, los odios políticos. Formad buenos jueces, maestros íntegros, estadistas probos y competentes.
Los militares deben volver a sus cuarteles, los civiles purificarse para servir a Bolivia.

Hay que acabar con la coima y con la intriga. Desertad de la pereza, de la indiferencia, del verbalismo callejero; el mejor orador nada significa frente a uno que hace honradamente su trabajo.
Haced que los millonarios defraudadores paguen sus impuestos, que la inteligencia no se alquile al dinero.
Redimid por la educación, por la economía y por la técnica, a las grandes mayorías de indios y mestizos.
En vez de acudir a la sapiencia de los técnicos foráneos, devolved a los bolivianos la confianza en los bolivianos mismos.
Cuando habléis en nombre de la nación, negociad de pie y no de rodillas, lo mismo con el oso ruso que con el águila del norte, porque el cóndor andino ganó sus blasones de altivez en la primitividad americana.
Haced la revolución moral, para alcanzar después la transformación económica y social, porque no hay Patria grande donde no existe una conciencia colectiva forjada en la moral del sacrificio y en la disciplina del conjunto.
Nada os vendrá de afuera: ni el vigor espiritual ni el torrente de energías materiales.
La vida, la fortaleza creadora de un pueblo, son cosa interior. Mirad en vosotros mismos: Bolivia será lo que vosotros queráis hacer de ella, Sed buenos bolivianos, bolivianos de obra más que de palabras, y todo lo demás os será dado por añadidura.
Y esta es la lección suprema, el fénix que renace de las sagradas cenizas del Topáter. Antes que la épica hazaña del valiente que se inmola por la integridad del territorio, aprender en Abaroa la serena enseñanza del patriota: saber morir, que es más alto que el decoro del mejor vivir.
La lección de Calama es una de conciencia y de constancia. Conciencia de nuestro infortunio a superar, constancia en el deber de construirnos sin desmayo.
Ahora vamos al tópico final. ¿Por qué se han traído las cenizas del Héroe a la montaña?
Parece que no se ha meditado lo suficiente, ni aquí ni en el Mapocho. (¿O tal vez allá sí?)
El inmortal calameño, símbolo vivo de la fe, del buen derecho, del coraje boliviano, debió reposar en el Litoral perdido. Sus restos venerados eran el últimos baluarte del Ande en el Pacífico.
Allí debieron quedar a la espera de la hora en que la Nación baje a recogerlos en poderosa gravitación continental. Pero el último “Jacha-Irpa”, el último conductor simbólico en la epopeya del 79, ha sido extrañado de la tierra que supo defender con bravura temeraria.
¿Maniobra calculada, ingenuidad, desaprensión? Como quiera que sea, el error se ha cometido.
Al recibir los despojos sagrados, la nación debe abrir los ojos a una nueva realidad vital; acoge las cenizas del Héroe no como capítulo final que cierra el proceso de una guerra injusta, sino para abrir las puertas de bronce de un futuro próximo. Abaroa reposará transitoriamente en el Ande, pero la montaña no será su morada definitiva. Abaroa ha venido a despertarnos para una cruzada de recuperación nacional.
¡Mirad el Pacífico lejano - nos dice el Gran Calameño. He venido a sacudiros para que un día volvamos a la costa irredenta!
Y este es el deber presente y futuro de los buenos bolivianos: crecer, hacerse fuertes, salir de la anarquía, avanzar al Estado orgánico y dinámico, para que el cóndor andino vuelva a bañar sus alas en el júbilo triunfal del mar reconquistado.
Abaroa es un clarín. ¿No habéis oído sus toques marciales y vibrantes? ¡Calama nos espera!
Y un día cabalgando el huracán, el Hombre del Topáter bajará del monte, capitán de justicia a la cabeza de la muchedumbre andina.

COMENTARIO GASTÓN CORNEJO BASCOPÉ:

Hermosa prosa del gran boliviano y bello mensaje de Patria.
Al inicio tiene una oración magnífica de Píndaro: “Dirige a tu pueblo con el timón de la justicia y forja tus palabras en el yunque de la verdad”. Parece la admonición estar destinada a los personajes candidatos a la presidencia de la Nación ahora que quedan pocos meses para la ilegal elección de un nuevo periodo de gobierno.
Publicado el 23 de marzo de 1952. Había pasado la tragedia del 21 de julio de 1946. La gran revolución histórica llegó en abril del 1952, poco tiempo después de la presente arenga histórica, evocatoria de nuestro sagrado deber de volver al mar con soberanía.

Vamos cumpliendo una admonición, rescatar la dignidad de la mayoría ciudadana indígena y mestiza; pero persiste la exclusión, ahora inversa, el rechazo a la historia construida por la clase media y la intelectualidad con el término de “Plurinacional”; existe la evidencia de una postergación social que es menester aplacar y reconstruir la unidad de todos los estamentos de la patria. El odio y la violencia, la persecución y la antipatria continúan pujantes atentando al Estado de Derecho y al respeto irrestricto de la constitución. La independencia de la justicia es un mito, la corrupción es una plaga que envenena el alma nacional y la siembra-producción de coca/cocaína, es un detonante de violencia y degradación nacional e internacional, maltratando la sagrada imagen de la Patria.

En cuanto al Héroe del Topáter y sus cenizas que reposan en el lugar equivocado, Diez de Medicina nos alerta sobre el error de haberlas traído al Ande cuando pertenecen al Litoral cautivo. Tiene toda la razón; a pesar de que las FFAA chilenas le rindieron homenaje, jamás podrán reivindicar el pecado de la invasión territorial y el ENCLAUSTRAMIENTO marítimo, condición degradante e infame sufrida desde el 79 cuando Bolivia atravesaba la situación más difícil por los desastres naturales, la sequía, la hambruna, la pobreza, guerra injusta a favor de intereses anglo-chilenos, situación más que centenaria que impide la integración americana.

Nuestra noble respuesta, por lo menos en Cochabamba, fue enviar ayuda y apoyo a sus terremotos, condolernos de sus tragedias cuando el bombardeo español a Valparaíso, nominar el Teatro “Achá” como Teatro de la “Unión Americana” en honor a la fraternidad con Chile, y en 1939, exigir al gobierno de entonces, preste ayuda formal a las víctimas del terremoto que dejó miles de víctimas humanas:

3 de enero de 1939. DESASTRE NATURAL EN CHILE. El COMITÉ PRO-COCHABAMBA presidido por el ex Presidente de la República General Carlos Blanco Galindo y el Secretario Dr. Alberto Cornejo Solíz, pergeñan y envían el siguiente telegrama al Presidente de la República y Ministros. LA PAZ.

“Presreública- Ministros Estado. (Insiste con copia al Ministro de Hacienda Vicente Mendoza López) Comité “Pro Damnificados Chile” constituido por principales instituciones y vecindario local, ruega Gobierno Nación, preste ayuda víctimas, con aporte efectivo o víveres, a fin mitigar desgracia país hermano, vinculado por simpatías y sentimientos solidarios, además, que en todo momento estudiantes bolivianos recibieron cordial acogida Universidad de Chile. Atentamente. General Carlos Blanco Galindo Presidente. Alberto Cornejo Soliz Secretario”

Finalmente, la pérdida de todo el Litoral, el desvío del río Lauca, la sustracción de las aguas del Silala, la soberbia en toda gestión diplomática, el rechazo al diálogo sobre el tema, la puesta en tela de juicio a la potestad del Tribunal de La Haya para que se acuerde recomenzar el diálogo de buena fe…, nos obliga a presentar el problema a las generaciones futuras de bolivianos ya no como “REINTEGRACIÓN”, sino como “REIVINDICACIÓN”.

Gastón Cornejo Bascopé
Agosto 2014.