Mar para Bolivia

Democracia y mar, la responsabilidad histórica
de Evo Morales

Jaime Aparicio
Diplomático de carrera y expresidente del Comité Jurídico Interamericano (Órgano Asesor de la OEA y países miembros en temas de Derecho Internacional). 

La década de Evo Morales pasará a la historia como aquella en la que se devastaron dos emblemas del imaginario colectivo boliviano: la institucionalidad democrática y la salida al océano Pacífico. Aún no nos hemos percatado de la magnitud de la derrota en La Haya, de la irresponsabilidad intelectual del Gobierno en la ejecución de su estrategia y de los móviles electorales que la sustentaron. En la conciencia oscura de los que arrastraron las ilusiones de los bolivianos por un camino torcido, resuenan los gobiernos de los caudillos bárbaros, Melgarejo y Daza.

Era previsible que un gobierno compuesto por los peores de entre nosotros no podía producir nada bueno. Sin embargo, lograron engañar a muchos. Por esa razón no podemos abstenernos de exigir la responsabilidad política que corresponde al Presidente, al Vicepresidente y a sus expertos en controversias interestatales y jurisdicciones internacionales, si alguna tenían.

A los abogados extranjeros no hay forma de exigirles cuentas por haber deshonrado las expectativas nacionales en la forma en la que han sido deshonradas. Esta irresponsable aventura, confiada a abogados con afinidades ideológicas con el Gobierno y partidarios de lo que Vargas Llosa ha llamado con precisión el “populismo jurídico”, ha causado un daño irreparable a las próximas generaciones.
En su indestructible desconocimiento del funcionamiento de los mecanismos del sistema internacional, Morales se dejó deslumbrar con los espejillos de un abogado español, muy caro, que le convenció de que el derecho positivo internacional no era tan importante si se insistía en reparar la injusticia histórica de la que Bolivia fue objeto por parte de Chile y que la Corte reconocería la necesidad de resolver de buena fe una controversia jurídica existente entre ambos países, lo que con una propaganda bien construida, transformaría dicha decisión en un triunfo de Evo Morales y, por consecuencia, su reelección sería inevitable.

Por esa razón, en el orden intelectual y jurídico, los abogados no se empeñaron en la solidez jurídica de sus argumentos. Tan efectivo y bien montado fue el engaño que el Presidente y su corte fueron como corderos al sacrificio de La Haya, con un entusiasmo asombroso, al punto que contagiaron y utilizaron a bolivianos honestos.
Pero hay otros temas que aún faltan esclarecer y merecen otro artículo. Por ejemplo, para llevar a Chile ante La Haya a través del Pacto de Bogotá -Chile nunca se adhirió a la cláusula de Jurisdicción obligatoria de la CIJ- el Gobierno retiró la reserva que opuso Bolivia al Pacto a tiempo de ratificarlo, el año 1949. En abril de 2013, el embajador Pary envió el instrumento de retiro de reserva al artículo VI del mencionado tratado, con lo que Bolivia reconoció implícitamente que no había temas pendientes con Chile anteriores a 1948.

El de Evo Morales fue el primer Gobierno boliviano, en más de un siglo, en reconocer la validez y legitimidad del Tratado de 1904. Otro tema, el del informe del abogado Paul Reichler, un prestigioso experto en disputas interestatales, quien defendió y ganó celebres casos representando a países débiles (Uruguay vs. Argentina o Nicaragua vs. Estados Unidos). En un estudio encomendado por la Cancillería, antes del gobierno de Morales, el abogado Reichler desestimó jurídicamente el camino de La Haya. Ese documento está en la Cancillería.

Quiero acabar con una reflexión positiva y exhortar a los bolivianos a que este revés histórico nos impulse a librarnos del enclaustramiento mental y cultural en el que nos sumió este Gobierno y salgamos adelante como sociedad. Tenemos que mirar al futuro, reaccionar y manifestarnos para superar esta sensación de vacío esencial que marca el estado de animo del país. Es un desafío para que como sociedad encontremos algo de sustancia en lo que todos podamos creer.