Mar para Bolivia

Bolivia y el sueño eterno del mar...


 

Texto y fotos: Gustavo Moure 

Encerrado entre el océano y la cordillera, Chile invadió Bolivia y Perú en 1879 en busca de salitre. Consumada la guerra, el acorralado pasó a ser Bolivia, que desde entonces perdió el mar. A casi un siglo y medio, las heridas todavía sangran. ¿Pueden durar tanto las consecuencias de un combate?

En el desierto peruano, una cruz solitaria recuerda a los muertos bolivianos y peruanos caídos en Campo de la Alianza.

¿Existe una memoria boliviana del mar? La bandera del Departamento del Litoral muestra una barca, un ancla, unos laureles. Hay fotografías sepia del puerto de Antofagasta, del tiempo en que la futura capital mundial de la minería aún pertenecía a Bolivia y no a Chile. Existe, incluso, la Armada Boliviana, pero sin barcos, sin marineros, sin fragatas. Busco la memoria oral de esa guerra que se llamó "Del Pacífico", "Del salitre", y hasta "De los 10 centavos". Pero los últimos combatientes dejaron de existir hace más de medio siglo. Insisto: ¿existe acaso un sitio exacto que guarde toda esa memoria?
En Avaroa, Tambo Quemado y Charaña, las tres fronteras bolivianas con Chile, no quedan vestigios del mar ni de la guerra, con la excepción de un viejo vagón abandonado que perteneció al Ferrocarril Arica-La Paz, creado por el Tratado de Paz de 1904. Sin embargo, cuando la búsqueda parece una quimera, el mar aparece convertido en memoria social. Los bolivianos hablan del mar como si fuera un familiar muy querido que hace tiempo ha partido de viaje. Por las calles, los mercados y las plazas de La Paz, Oruro o Potosí, el mar es tema de conversación. Las redacciones escriben sobre el mar, los noticieros hablan del mar, los murales retratan el mar y hasta las historietas para niños se ocupan del tema. Y ahora, en estos tiempos que corren, también el papa Francisco y la Corte Interamericana de Justicia de La Haya hablan del mar de este país sin mar.
Carlos Mamani, poblador de la ciudad fronteriza de Villazón, me dirá: "Busca la memoria boliviana del mar en Chile, en Iquique, en Calama, donde son chilenos y no bolivianos los que gritan ¡Mar para Bolivia!". La historiadora Vanne Gómez, del Archivo Histórico de La Paz, coincide: "Esa añoranza está presente en los departamentos más cercanos a Atacama, por eso hay tanta migración potosina y orureña a las minas de Chile".
Luego de la amputación de 120.000 kilómetros cuadrados y 400 kilómetros de costas en 1879, parece no haber medida de tiempo que alcance a olvidar la pérdida. Como un ejercicio irrenunciable, Bolivia continúa obsesionada con su mar e invita a pensar si acaso logrará con insistencia lo que no ha podido con balas y cañones.

Perú: la llave
Atravesar el inerte territorio fronterizo entre la ciudad chilena de Arica y la ciudad peruana de Tacna es un viaje al pasado. Escenario central de la Guerra del Pacífico, esta franja de 30 kilómetros de puro desierto es llamada desde 1929 "línea de la concordia". Ese año, Chile se quedó por decreto con la ex ciudad peruana Arica y devolvió a su vecino la ciudad de Tacna. La esperanza de Bolivia de recuperar su salida al mar se afirma exactamente en esta porción de territorio. Los bolivianos dicen no pedir mucho: un puerto de cinco kilómetros de ancho y un corredor soberano que llegue hasta la mismísima La Paz.
El tema del mar para Bolivia tiene en estas ciudades tanta vigencia como en 1879, cuando Chile inició la invasión. En el "Arco Parabólico", un hito de la ciudad, el fotógrafo Nicolás Llica, que se gana la vida fotografiando gente en el monumento a Miguel Grau y Francisco Bolognesi, los héroes peruanos de la guerra, dice que Grau "era un caballero del mar". Seguramente porque al morir el capitán chileno Arturo Prat, el peruano se tomó el tiempo de enviar sus condolencias a la viuda. Mientras evoca la caballerosidad de aquellos tiempos, Nicolás reconoce que Bolivia pensaba bombardear Chile para "poner las cosas en su lugar" cuando a él le tocó hacer el servicio militar en tiempos del general Juan Velasco Alvarado. Llica hace un avioncito con la mano y dice: "En 15 minutos íbamos a desaparecer Chile toíto, bombardeábamos y listo, pero le malograron la pierna al presidente y murió". El viejo lema "tenéis confianza, seréis peruanos", de los tiempos de la ocupación, todavía tiene vigencia en Tacna.
En las afueras de la ciudad, en pleno desierto de Tarapacá, otro monumento recuerda a la guerra, aunque en este caso se trata de uno de los campos de batalla que tuvo el conflicto. Allí se emplaza el museo de sitio Alto de la Alianza, donde peruanos y bolivianos combatieron juntos contra Chile, que igualmente los derrotó. El sitio permanece intacto salvo por un conjunto escultórico de dudoso gusto que recuerda a los caídos y por una impertinente antena de telefonía celular. Da la sensación de que basta raspar el suelo con las uñas para encontrar souvenirs de la guerra. Dentro del mausoleo, unas vitrinas alojan el cadáver de un soldado raso con el uniforme peruano. Pantalón verde, camisa roja harapienta, y un fémur habitando una bota que nunca lo abandonó. Una mazorca de maíz, una marmita y unas balas completan la escena. Afuera, un cementerio de cruces blancas con escarapelas peruanas y alguna que otra frase en las lápidas.
Las opiniones se dividen en Perú. Muchos sienten que se metieron en una guerra estúpida por un polvoriento tratado de 1873 que proponía autodefensa entre peruanos y bolivianos en caso de agresión externa. Otros culpan a Bolivia de la derrota. "Abandonaron", dicen por lo bajo como si fuera un partido de fútbol.
Pero el sentir exacto de los peruanos se refleja en torno a la famosa frase que evoca en La Paz la historiadora boliviana Vanne Gómez: "Chile tiene el candado y Perú la llave".
La frase se remonta al tratado de 1929, en el que Chile se comprometió a no ceder ningún territorio que hubiese sido peruano sin el consentimiento de ese país. Esto supone que Bolivia necesita convencer a Chile, pero también a Perú, de que le permita acceder al mar justamente entre Arica y Tacna.


Oficinas salitreras en Iquique. La fiebre del oro blanco desató la guerra.
 

Chile: "El mar es nuestro, weón"
Arica huele a mar. Las fábricas de harina de pescado son como un puñal para el olfato de los camioneros bolivianos que llegan hasta allí. Hoy Bolivia exporta e importa casi todos sus productos desde la ex ciudad peruana. Arica, al igual que Tacna, también vive de ese pasado. En el morro, el sitio más célebre de esta ciudad chilena, se emplaza uno de los tantos monumentos a don Arturo Prat. En la recorrida por el puerto aparece como un espectro la estación terminal del Ferrocarril Arica-La Paz, todo un símbolo de la guerra. En 1904 los dos países acordaron que Chile crearía un ferrocarril, que sería entregado a perpetuidad a Bolivia en compensación por las pérdidas de la guerra y para garantizar su comercio exterior. El ferrocarril se inauguró en 1913 y funcionó hasta 2002, cuando se decretó su quiebra. Desde entonces Bolivia culpa a Chile de la inactividad y Chile culpa a Bolivia de no invertir.
Actualmente del lado boliviano solo circulan unos pequeños colectivos improvisados sobre los rieles para transportar pobladores rurales. Del lado chileno el tren no circula, aunque el ex presidente Sebastián Piñera recorrió parte del trayecto para demostrarle a Evo que las vías estaban operativas. En la estación Arica, unas cadenas oxidadas cierran la puerta de la estación y, desde el fondo del cerrojo del candado, una arañita desmiente con sutileza a Piñera.
Otra ciudad clave en esta historia es Iquique. A 45 kilómetros de esta ciudad se encuentra otra, fantasma: Oficina Humberstone. Se trata de la mayor ciudad/fábrica de salitre en los tiempos de gloria. La sequedad del ambiente la ha transformado en una especie de museo de cera. Se enseñan inmunes al paso del tiempo los pisos de parquet, el teatro, la iglesia, el hospital.
De la noche a la mañana, el "oro blanco" causó una revolución, pero a Bolivia se le ocurrió imponer un impuesto de 10 centavos por quintal de salitre exportado y la guerra estalló. Fue un día de Carnaval. Hoy los bolivianos hasta de eso se quejan. Un pueblo que hace del Carnaval una religión cuestiona la honorabilidad de Chile por sorprenderlo y ocupar Antofagasta cuando estaban todos "machados". La guerra finalizó: Bolivia perdió el mar, Perú varios kilómetros de su costa y Chile se expandió, pero el negocio quedó en manos inglesas y poco después, cuando los alemanes inventaron el salitre artificial, todo este imperio salitrero se derrumbó para siempre.
En Iquique, el artista plástico Camilo Ortega muestra los vestigios de aquellos tiempos: "¿Veis esas terrazas arriba de las casas? Eran miradores desde donde se observaba si llegaban barcos al puerto. Recién entonces abrían los comercios. Los barcos venían con la bodega llena de pino oregón -que se usaba para construir las casas- y volvían a Europa cargados con salitre".
Del puerto zarpan lanchas que llevan hacia "la boya". Se trata de una boya náutica que señala el lugar exacto en que Arturo Prat Chacón dio el salto más famoso de la historia de Chile. Miguel Grau comandaba el monitor peruano Huáscar, que llegó hasta allí acorralando La Esmeralda, la fragata chilena comandada por Prat. Astuto, considerando perdida la contienda, Prat llevó a Grau cerca de la costa, hasta hacerlo encallar. La Esmeralda se puso tan cerca del Huáscar que el propio Prat "saltó" a la cubierta del otro barco para morir por su patria.
Prat no medía más de un metro sesenta, pero su salto al Huáscar es el episodio más famoso de la historia de Chile. Su acrobacia enterró en el olvido a San Martín y hasta al propio Bernardo O'Higgins. Pero lo cuenta mejor la guía que relata a bordo la epopeya más chilena de todos los tiempos: "Aquí el miércoles 21 de mayo de 1879 se da el combate naval en el que nuestro capitán don Arturo Prat Chacón hace una gesta heroica y salta al abordaje del Huáscar. A los 31 años de edad encontró la muerte nuestro capitán, que antes había dicho a la tripulación que mientras él viviera esa bandera flamearía en su lugar, pero si moría sus oficiales cumplirían con su deber".
El episodio es igual de famoso en Perú. Grau siguió comandando el Huáscar hasta caer en la Batalla de Angamos, y desde entonces es para los peruanos "el caballero de los mares". Grau también sepultó los laureles del pobre San Martín y del propio Bolívar. En el puerto de Concepción, en el sur de Chile, todavía flota el Huáscar, y en la cubierta del barco un buen látex realista se jacta de ser la sangre del "caballero de los mares".
En derredor de la boya, el turista chileno Andrés Parra dice: "El reclamo de los bolivianos es injusto porque todo lo que se ha hecho con sangre y sudor tiene que quedar grabado y ya; si no, Europa tendría que reestructurarse nuevamente. El mar es nuestro, weón".
Andrés no es una excepción. Ya en el puerto, la joven vendedora de mariscos Constanza Chávez lo apoya: "A mí no me gustaría darle soberanía porque dividiría el país y ellos quieren un pedazo de tierra de lo que les pertenecía, que es Antofagasta". Harris, vendedor de antigüedades, apunta en el mismo sentido: "¿Tú le darías entrada a un país que teniendo soberanía puede ingresar armamento bélico contra el tuyo?".
Lejos del escenario hiperpatriótico de "la boya", el muralista Ortega ofrece una mirada menos pasional: "El lado más conservador de Chile ni a palos va a aceptar ninguna cesión. A mí me parece lógico darles salida por Arica, pero los peruanos no quieren perder la frontera con Chile. Yo creo que sí se le debe dar una salida entre Chile y Perú, pero sin suelo, sin soberanía".



Las cadenas clausuran la estación Arica del Ferrocarril Arica-La Paz, creado para compensar a Bolivia tras la derrota.

Bolivia: salida al mar
Emerson Calderón es una de las cuatro voces autorizadas para hablar oficialmente del reclamo boliviano por la salida al mar, además del presidente Evo Morales, el canciller David Choquehuanca y el ex presidente Carlos Mesa. Dirige la Dirección Estratégica de Reivindicación Marítima (Diremar). En su despacho de La Paz expresa el deseo que acompaña el reclamo que presentaron en La Haya: "Buscamos que Chile acepte realizar un diálogo sincero y de buena fe, con ánimo y voluntad de llegar a un arreglo, que no es lo que ha pasado hasta ahora". Emerson apela a una supuesta mayoría de chilenos que están de acuerdo con la reparación histórica, mayoría que no se percibe en Iquique, en Calama, ni en Arica. Y no duda en utilizar una metáfora que se repite una y otra vez: "Esto es una mutilación muy difícil de superar, es algo que ha quedado grabado en el alma de los bolivianos, es como si una persona perdiera una mano o un pie: jamás se olvidaría del momento del accidente".
En 2015, el papa Francisco abandonó la histórica diplomacia de la Iglesia en su visita a La Paz y clavó un puñal en el sentir de los chilenos: "Hay que construir puentes en vez de levantar muros [.]. Estoy pensando en el mar, y el diálogo es indispensable, espero diálogo".
La frase del papa fue un anticipo de lo que vendría. El 24 de septiembre de ese año, la Corte Internacional de Justicia de La Haya se pronunció a favor de que Chile se sentara a negociar con Bolivia, ratificando su competencia arbitral. Las principales plazas del país se colmaron de banderas: "Este es un día histórico para América latina, se abre una nueva etapa. Vamos a hablar por fin entre hermanos países", decía un hombre que llegó hasta allí con su guitarra. Algunos lloraban y otros se convencían de que solo era cuestión de tiempo. La presidenta chilena, Michelle Bachelet, rápidamente respondió al júbilo boliviano con un balde de agua fría: "No han ganado nada", sentenció.
Bachelet tiene razón. Bolivia no recuperó el mar con el pronunciamiento de La Haya, y pueden pasar seis o siete años hasta que el fallo inste a Chile a devolver un tramo de costa a su vecino o le pida a Bolivia que se olvide de una vez de esta locura.
Pero Bolivia ha aprendido a esperar y lleva 136 años haciéndolo. Desde 1883, cuando la guerra terminó, el mar se ha convertido en un sueño eterno para los bolivianos, y resuena en las palabras del poeta Roberto Prudencio: "Nosotros hemos hecho una especie de religión del mar; un culto nacional que da sentido a nuestra historia [...] pero como el mar ha dejado de estar delante de nosotros, ahora está dentro de nosotros".